jueves, 30 de marzo de 2017

Mala leche

-          Uno de esos  –se escuchó.  Con  voz ahogada, el hombrón señalaba hacia uno de los maniquíes que estaban junto a la puerta.
La empleada de la tienda pestañeó:
-          ¿Un soutien? ¿Usted busca un soutien?
Santos “El Tuerto” Comesaña se sacó el sombrero, lo sostuvo nerviosamente con la punta de unos dedos gruesos, de uñas percudidas, y movió la cabeza.
-          Sí, cómo no. Dígame, ¿de qué talla? ¿Es para regalo?
Comesaña era un tipo estoico, habituado a la adversidad, sin embargo desde que había entrado a la tienda transpiraba como un pollo al spiedo. Mirando a los costados para constatar que las clientas que revolvían en la mesa de saldos no vieran lo que iba a hacer, aproximó el torso al mostrador y se abrió el saco. Bajo la camisa blanca, la empleada pudo apreciar la turgencia incuestionable de los dos senos femeninos.
-          ¡Ah, comprendo! –dijo la mujer y prosiguió bajando la voz: – No se preocupe por nada, hoy ya vendí seis a caballeros tan varoniles como usted.
¡Que no se preocupara por nada, qué fácil era decirlo!, trepidó de indignación. Hacía treinta años que trabajaba en el peor sector del puerto, a fuerza de astucia y brutalidad había logrado asomar la cabeza entre una mersa mitad bestias de carga, mitad delincuentes. ¿Seguro que no debía preocuparse? ¿Aquella mujercita iba a explicarle a él cómo manejar esa situación? Una respuesta soez le subió a la garganta, pero se contuvo.
La pesadilla había arrancado esa misma mañana cuando el Tuerto se levantó. Luego de afeitarse y cambiarse, se bebió a la carrera el mate cocido con leche en la cocina de la pensión y quince minutos más tarde, en viaje hacia la dársena, escuchó la noticia en la radio del ómnibus: las autoridades de salubridad advertían a la población que un compuesto en mal estado en la leche entera “La Martita” estaba provocando una rara mutación en la población masculina. 
Santos Comesaña no era un tipo de suerte, la pérdida del ojo izquierdo en una disputa absurda se lo recordaba a diario, sabía que la patrona compraba leche entera “La Martita” para los pensionistas, él había tomado su habitual tasa de mate cocido con leche, así que las cartas estaban echadas.

El primer síntoma lo experimentó alrededor de las diez de la mañana, un hormigueo violento, como si la sangre de todo el cuerpo se le hubiese puesto a hervir, seguido de un sudor frío en la espalda. Al entrar en la garita de vigilancia el Chino, su joven compañero de turno, le hizo notar que caminaba raro.
-          ¿Qué pelotudez estás diciendo vos? ¿Cómo raro?  –reaccionó él, ya con la certeza de que lo que hubiese notado de extraño el muchacho estaba relacionado con esa maldita leche.
-          No sabría precisarle. Raro, Don  Comesaña –se atropelló el Chino con expresión turbada.
Apenas una hora después, Comesaña descubrió lo que había advertido su compañero: los zapatos de golpe le bailaban, los pies se le habían reducido por lo menos dos números y al caminar debía hacer un esfuerzo enorme para no contonearse como esas mocosas que paseaban por calle Florida. Antes del mediodía ya habían comenzado a crecerle los senos.
A Santos Comesaña le gustaba trabajar cómodo, cuando el sol comenzaba a pegar fuerte y recalentaba el asfalto del playón de ingreso se lo veía ir de un lado a otro en mangas de camisa, dando órdenes, transpirando y carajeando en explosiva algarabía; los que lo conocían esta vez lo notaron parco, reconcentrado, y –algo que causó extrañeza- por nada del mundo quería desabotonarse el saco.
Pasadas las doce salieron sucesivamente tres contenedores con frutas secas provenientes de República Dominicana, dos con abanicos y muñecos de tela con origen en Taiwán, e ingresó un embarque de aceite de oliva de San Rafael con destino al puerto de Hamburgo.
El vigilador supervisaba la entrada y salida de los camiones con su habitual solvencia sin embargo, al moverse, los dos senos eran una presencia anómala que le sacaban concentración y lo llenaban de fastidio. Pasadas las dos tuvo un cruce de palabras con el Turco Matta. El Turco, uno de los choferes más antiguos, era un tipo de cuidado, a partir de una cuestión turbia por un faltante en un embarque de gomina para el cabello habían discutido, apelando a su autoridad el Tuerto le había propinado un par de sopapos, y el otro estaba esperando que cometiera el mínimo error para exponerlo.
Alrededor de las tres la tarde la paciencia del Santos Comesaña había llegado a un punto de no retorno. El vaivén de caderas con un poco de buena voluntad podía controlarse, en cambio los senos habían tomado una dimensión tal que, por más que se encorvara y metiese el tórax para adentro ya se adivinaban bajo el saco abotonado. Para colmo de males, cuando daba alguna orden a los camiones la voz se le aflautaba en un falsete que por más que tosiera y simulara un catarro era imposible de justificar.
-          Así un hombre honrado no puede trabajar –lo escuchó mascullar entre dientes el Chino.
El jefe de seguridad pretextó una diligencia a las oficinas de la Aduana, dejó al muchacho a cargo de la garita y a paso rápido salió de la dársena y se tomó el primer ómnibus de regreso. Se bajó a unas diez cuadras de la pensión para evitar encuentros indeseados y cuando reconoció el escaparate de la tienda entró.
La empleada ahora le alcanzaba el paquetito con el corpiño. El Tuerto lo agarró y se lo introdujo velozmente en un bolsillo. La operación, a su juicio, no había despertado sospechas.
-          Esperemos que se solucione  –dijo la mujer volviendo a bajar la voz.  Comesaña se tocó el ala del sombrero con expresión gélida y salió a la calle.
Decidió recluirse en la pieza del pensionado para sopesar con tranquilidad la situación. Ya en el cuarto apagó la luz y se tiró a fumar en la cama. Más que indignado, lo aturdía el desconcierto, ¿cómo podía un hombre de cincuenta años, ya hecho como él, terminar convertido en hembra? Pensó en Albertito, el hijo de su hermana la Delia. El pobre chico era manfloro, tenía ese defecto de nacimiento, le robaba la ropa a la madre, se depilaba las cejas. Pero Albertito quería ser una mujer, en cambio, ¿en qué categoría entraba lo suyo? ¿Había sido víctima de un capricho del destino? ¿De un accidente? ¿Dónde tenían la cabeza los fabricantes de esa podrida leche para provocar semejante desbarajuste? Demasiadas preguntas –se dijo- y él no tenía ni tiempo ni ganas para filosofías, era un hombre de acción y, sobre todo,  “¡necesitaba seguir siendo hombre, carajo!”
Esa noche, a la hora de la cena no se lo vio por la cocina, se quedó en el cuarto mordisqueando sin ganas unos bizcochos de grasa y se tomó media botella de grapa mientras escuchaba la radio: los informativos no aportaban demasiadas novedades, en las puertas de la empresa láctea se había reunido una manifestación con los familiares de los intoxicados. “Esas cosas no sirven para nada”, pensó. Las peripecias de una vida de sacrificios reafirmaban a Comesaña en un hosco escepticismo: “Los ricos y los poderosos están para dar las órdenes, los laburantes como él para bajar la cabeza y obedecer”.
Recién pudo conciliar el sueño de madrugada. Durmió mal, soñó con el Turco Matta. Estaban en el playón de descarga frente a frente. Presagiando pelea, el personal había formado un corro en torno ellos. El Turco llevaba algo en una mano y se lo extendía: 
-          Che, Tuerto, te traje un obsequio –decía, alzando la voz, con tono zumbón.
Comesaña agarraba el paquete, lo abría con desconfianza, era una cajita musical, levantaba la tapa y una bailarina diminuta vestida con un toutou rosa se incorporaba y se ponía a dar graciosos giros. Notó que entre los curiosos se forzaban algunas toses para evitar la risa. El desafío estaba echado. Dejó caer la cajita a un costado y dando un paso atrás sacó el cuchillo de la cintura. Comenzaron a medirse, girando, agazapados, haciendo rápidos amagues. Santos Comesaña debía agudizar la atención porque el chofer tenía fama de diestro con la navaja. De golpe, de la manera irracional con que suceden las cosas en los sueños, el Tuerto se sorprendía ataviado con la pollerita, las medias can can y las zapatillas con puntera de la bailarina, dejaba caer el cuchillo y elevando las manos por sobre la cabeza comenzaba a practicar giros sobre sí mismo. El  personal completo de la dársena estallaba en una sonora carcajada. El Turco Matta, desparramado en el piso y sosteniéndose la barriga con ambas manos le decía algo que él no alcanzaba escuchar. Cuando conseguía detener el bailoteo Comesaña corría hacia la avenida para subirse al primer ómnibus que los sacase de aquel lugar, que lo excluyese del  oprobio.
A la mañana siguiente, muy temprano, cuando el portuario se introdujo en el baño y se miró al espejo, el impacto fue mayúsculo: dos largos bucles de cabello ceniciento le enmarcaban el rostro y caían casi hasta tocar los hombros. Las facciones otrora duras y angulosas se le habían rellenado y poblado de mohines y gestos de una inédita delicadeza. Los hombros anchos y poderosos habían desaparecido, en su reemplazo menudeaban formas regordetas en brazos, en caderas y, por supuesto, en las dos macizas ubres de mujer. Desnudo y tembloroso, estuvo estudiándose largo rato sin dar crédito a lo que veía: salvo por el costurón que le cerraba el párpado derecho se notó un parecido notable con su hermana Elsa. Del ojo habilitado saltaron lágrimas ardientes y, por fin, Santos el Tuerto Comesaña lloró de amarga impotencia.
La situación era improcedente por donde la mirase, Comesaña era un tipo de otra época, solterón empedernido, nunca había sentido demasiado respeto por el sexo débil, lo juzgaba como una herramienta o para brindar compañía, o para satisfacer una necesidad física. Pero ahora la realidad lo tenía arrinconado en aquel excusado, mutando por una causa fortuita en aquello que menospreciaba y, por lo tanto, que desconocía y temía.
Superado el impacto inicial, estuvo largo rato husmeando que no hubiera movimientos en el pasillo, luego salió y se refugió en el cuarto. ¿En esas condiciones podía ir al puerto? Imposible. Con cuidado extremo volvió al pasillo y utilizó el teléfono común para hablar con la garita de vigilancia. Dio con el Chino, agravando la voz le pidió que cuando terminase el turno fuese a verlo, que le tenía un encargue.
Cuando el muchacho se presentó en la pensión, subió al primer piso y Santos Comesaña le abrió la puerta de la pieza, se quedó boquiabierto.
-          Es esa mala leche –dijo él con sequedad.
Aunque en pantalón pijama y camiseta, Comesaña había tenido la delicadeza de atarse las crenchas de su ahora aleonada cabellera con una colita y de ponerse el corpiño.
-          Escuchame, Chino, en algún momento voy a tener que salir de esta pieza así que tenés que conseguirme ropa.
Sin decir más le anotó la dirección donde había comprado el portasenos y le dio dinero. El otro fue hasta la tienda y volvió con tres vestidos, una blusa, dos polleras tableadas y dos pares de sandalias del cuarenta y tres. Luego el chico se ofreció a ir hasta la cocina a traer la pava con agua, Comesaña sirvió un plato con galletitas y compartieron unos mates.
El Chino lo puso al tanto de las novedades de la dársena, el entrerriano, uno de los operadores más antiguos de la grúa, también había resultado intoxicado. El Turco Matta hizo correr la voz de que lo había visto bajarse de la grúa y escapar del puerto emitiendo gemiditos y zarandeándose como una bataclana. Se rieron con ganas imaginando la escena, ya que el entrerriano era un hombrón entrado en carnes bastante mal arreado. La charla animó a Santos Comesaña y le obsequió unos minutos de distracción.
El día siguiente era sábado, sin embargo el Chino volvió a visitarlo. “Aunque algo atolondrado –pensaba el Tuerto- su segundo era un buen chico. Muy a su pesar, debía reconocer que le estaba tomando cariño”. Traía como novedad algo que no dejaban de repetir por la radio y, por lo tanto, que él sabía de sobra: la partida de leche había sido retirada del mercado, los médicos habían conseguido identificar el compuesto responsable de la intoxicación, aunque todavía no se encontraba el antídoto para revertir sus consecuencias. Visto que la cosa tendía a dilatarse y echando mano a sus influencias en la oficina de personal, Comesaña decidió pedir una licencia hasta tanto se fuese aclarando aquella historia.
Transcurrió la semana, encerrado en la pieza el Tuerto ora se condolía de su triste destino, ora era poseído por una furia violenta que buscaba infructuosamente algo o alguien en quién descargarse. Se mantenía al tanto de las novedades en la dársena a partir de lo que le trasmitía el Chino por teléfono, o de lo que le contaba cuando iba a verlo luego de cumplir con su turno. Pero el domingo siguiente, los acontecimientos tomaron un giro inesperado cuando el muchacho se apareció por la pensión con un ramo de flores.
Aunque difícil de sopesar en su real magnitud, hay que comprender que la interioridad del portuario estaba atravesando por un momento complejo: junto con los cambios físicos su sensibilidad, en tránsito de acomodamiento, era bombardeada por un millar de emociones nunca antes experimentadas. Así, detalles tontos, como un valsecito criollo escuchado por la radio, o los malvones florecidos de una maseta del pasillo, de repente y sin motivo aparente le provocaban un nudo en la garganta y hacían que el ojo sano se le llenase de lágrimas. O de golpe sentía el impulso irrefrenable de cantar y reír a los gritos, algo en otros tiempos inconcebible y lo más alejado de su carácter. ¿Debía aceptar aquella novedad o reprimirla?  ¿Seguía siendo Santos el Tuerto Comesaña, o estaba naciendo en él otro ser?
En cuanto a las emociones que lo unían al muchacho, la confusión obviamente no iba a la zaga. ¿Cómo se da el tránsito de un sentimiento varonil a otro que no lo es tanto? ¿Qué es lo que se trastoca? Un atardecer de sábado, en que el Chino y él habían estado escuchando los partidos del ascenso, al ver volver al chico con la pava de agua proveniente de la cocina, el portuario supo que estaba enamorado.
El Tuerto Comesaña y el Chino se casaron un cinco de enero del año siguiente, fue una ceremonia discreta y, lógicamente, sin valor legal,  ya que corría el año 1967 y en el país una legislación sobre el casamiento entre personas del mismo sexo todavía era impensable. El responsable de desposarlos fue el hijo de su hermana Elsa, que habiendo postergado sus propios planes para transformarse en mujer, se había puesto a estudiar de cura.
Comesaña pidió la jubilación anticipada en el puerto y comenzó a coser para afuera. Un año más tarde su mutación física ya era completa; la pareja, entonces, decidió agrandar la familia. Consultaron a un obstetra con la idea de tener un hijo, pero había riesgos, el Tuerto ya era muy mayor para quedar embarazado, así que terminaron por adoptar una nena, a la que llamaron Marta en homenaje a la leche entera “La Martita”, responsable de toda aquella historia.

El problema de la mala leche tuvo solución, las autoridades sanitarias reaccionaron con relativa prontitud, de allí en más se reemplazo el conservante responsable de la intoxicación y la empresa indemnizó a los afectados; sin embargo aquella partida del año 1966 cambió para siempre la vida de unos trescientos cincuenta varones adultos de la Ciudad de Buenos Aires, hombres de edades, ocupaciones y estratos sociales diversos, que como Santos Comesaña debieron elaborar un cambio en sus vidas, adaptarse y –con mejor o peor fortuna- continuar con sus existencias. Qué otro remedio.

jueves, 9 de febrero de 2017

La mano del Luis

Sentados en el café, junto a la vidriera, están el Gordo Héctor, el Bobina, Mario y el Colorado. El Bobina hojea un suplemento deportivo.

MARIO: Fue este el que lo vio.

COLORADO: ¿Sí?

GORDO: Sí. Salió del “telo” con una vieja.

COLORADO: ¿Con una vieja? ¿Cómo con una vieja?

BOBINA (asomando la cabeza del diario): Una vieja: rodete, agujas de tejer, bizcochuelo para los nietos. ¿No sabés lo que es una vieja?

COLORADO: ¿Al Luis? ¡No puede ser!

GORDO: ¿Voy a joder con algo así?

COLORADO: No, no, claro. ¡Pero q
ué bárbaro, che! Justo él que siempre tuvo las minas que quiso.

MARIO: En eso estoy de acuerdo, es raro.

BOBINA: ¿Qué tiene de raro? Uno se pone grande, va perdiendo el levante.

COLORADO: Sí, es raro. Por ahí fue por lo del accidente, por ahí le movió algo de la sesera.

BOBINA: ¿Qué accidente?

MARIO: ¿No sabés lo del accidente?

BOBINA: No tengo idea, además el nabo este es amigo de ustedes.

GORDO: ¡No seas jodido!

MARIO: Según se dijo, fue una cosa totalmente pelotuda: el Luis que viene con el taxi por Alem, tranqui, escuchando un caset de Arjona o del César “Banana” Pueyrredón, cuando a la altura del Correo se roza con un interno de la línea 152 que venía pasando a otro. Justo con la mala leche que en ese momento el Luis iba con el brazo afuera de la ventanilla tomando el fresco.

BOBINA: ¿Y?

MARIO: Y que el bondi le llevó mano, anillo, reloj, pulsera con las iniciales, todo. Estuvo internado como un mes y por lo de la mano terminaron haciéndole un implante.

BOBINA: ¿Un implante?

COLORADO: La mano de otro chabón. Tal cual. Yo fui a verlo. ¡De no creer! La habitación propiamente era un desfile de minas.

GORDO: ¡Qué jugador, el Luis!

MARIO: Un maestro.

BOBINA (descreído): ¡Déjense de joder!

COLORADO: Hablando de Roma, ahí viene. Che, no lo jodan mucho. Que se sienta cómodo.

MARIO (festivo): ¡Mirá quién viene acá!

GORDO: ¡Luisito querido!

Todos se incorporan menos el BOBINA. Entra LUIS, camisa con el cuello abierto, campera de gamuza arremangada, rostro tostado, pelo escaso pero batido. Se aproxima a la mesa. Tiene la mano en cuestión metida en un bolsillo.


LUIS: ¡Qué dice la gilada!

GORDO: ¿Cómo anda ese sex symbol?

LUIS: Mejor imposible.

MARIO: ¿Qué tomás? ¿Lo de siempre? (al mozo) Gonzalo, traete un fernet con cola con mucho limón para el amigo.

LUIS se sienta, por unos segundos todos se miran en silencio.

GORDO: Y bueno, dale, mostrala.

Con gestos medidos, LUIS saca la mano del bolsillo y la apoya delicadamente sobre la mesa.

COLORADO: Impresiona.

MARIO: ¿Y vos decís que es de otro chabón?

LUIS: Así es.

COLORADO: ¿Y no te da asco morderte las uñas?

GORDO: Jaja. ¡No jodás, Colorado!

Bobina aparta el suplemento deportivo.

BOBINA: Che Luis, cambiando de tema, ¿es verdad que le estás dando para que tenga a una de ochenta?

LUIS (tocado): ¡Avisá, che, de dónde sacaste eso!

MARIO: No le des bola.

LUIS: ¡Nada que ver!

BOBINA: ¿Nada que ver? Cómo nada que ver si acá el amigo Héctor te vio salir del “telo”.

LUIS: Te repito, nada que ver (se hace un silencio incómodo) Esa es otra historia.

COLORADO: ¡Y contá, contá!

LUIS: Tal vez en otra ocasión, Colorado.

GORDO: ¡Dale, che, no te hagas rogar!

LUIS mantiene unos segundos la vista perdida en la acera de enfrente y se vuelve hacia sus amigos.  

LUIS: Pero les pido reserva.

COLORADO: ¡Olvidate!

El COLORADO da vuelta la silla y se monta sobre ella con el respaldo hacia adelante. Todos se aprietan  en torno a la mesa.

LUIS: Después del accidente tuve algunos problemas, digamos, de adaptación. Fue al mes del implante, como no sentía molestias y la herida en la muñeca había cicatrizado, el médico me dijo que podía volver al taxi.

COLORADO: ¿Tan pronto?

LUIS: Efectivamente. El primer día fue como cualquier otro, podía agarrar el volante, acomodar el espejo, mover la palanca de la luz de giro, todo lo más  bien. Al siguiente,  vengo por Av. de Mayo, altura Tacuarí, cuando sube un viejo, de golpe siento un hormigueo, la mano que se suelta del volante, se mueve hacia el asiento de atrás y le palmea la pelada al tipo.

GORDO:
¡A la mierda!

BOBINA: Juá, juá. ¡Déjense de joder!

LUIS (reaccionando): ¡Si se me van a cagar de risa me paro y me voy!

COLORADO: ¡No le hagás caso a éste, vos seguí!

Luis se acomoda en la silla y mira a MARIO como buscando un sostén.

LUIS: Ubicate en la situación, Marito, el viejo que me ojea como para comerme y yo que no sé qué carajo hacer. Para zafar empecé a decir disparates, cosas de trastornado, el tipo se bajó a las dos cuadras despavorido. Esa mañana no pasó nada más, hasta que a media tarde la mano que sale por la ventanilla y saluda a una mina que iba con un changuito de las compras. Me dije: “Luis, acá algo no está funcionando” Así que me vuelvo a la clínica, hablo con el cirujano que me había operado: No  se haga problemas –me dice el tipo- lo que a usted le ocurre es muy normal. ¿Cómo va a ser normal andar saludando a gente desconocida por la calle, doctor? -le digo. Es que precisamente no es gente desconocida –me contesta el tipo.

COLORADO: ¡Que hijo de puta! ¡Los médicos son unos turros, es creer o reventar!

GORDO: Para mí que te estaba cargando.

LUIS: L
o mismo pensé yo, Gordo. Mi problema es muy serio como para que encima se ponga a tomarme el pelo, doctor, le digo. Déjeme explicarle –me dice el tipo- ocurre que muchas veces los miembros que nosotros trasplantamos tienen recuerdos, sienten nostalgia de su vida anterior...

GORDO: Pará, pará. “De su vida anterior”¡Ya está!: el viejo del taxi y la mina del changuito, venían a ser conocidos del dueño original de tu mano.

LUIS: Exacto.

Pausa, quedan en silencio como sopesando lo que el GORDO acaba de descubrir.

LUIS: Se imaginarán que quedé aturdido. ¿Pero entonces qué tengo que hacer? -le pregunto.
Por ahora nada –me dice el médico- si su mano extraña no es bueno contrariarla porque puede sufrir un rechazo y tendríamos que amputársela.

MARIO: ¡Qué situación complicada!

COLORADO: La verdad. ¡Situación de mierda!

El BOBINA corre ruidosamente la silla y con gesto escéptico mete otra vez la cara en el suplemento deportivo.

LUIS:
Y... me quedé preocupado, Marito, no te voy a engañar. Un sábado a la tarde me empilcho, cazo un ramo de flores y me voy a visitar a una mina que tengo por Colegiales, y resulta que la mina esta no se encuentra. Me había dejado un papelito diciendo que estaba en lo de la pedicura. Entonces me cruzo a la plaza de enfrente a esperarla sentado en un banco. Ni bien me apoyo en el banco la mano que se pone como loca, cómo explicarlo: era un hormigueo mucho más fuerte que las veces anteriores, y en ese momento la veo a la mujer sentada en el banco.

MARIO: ¿Qué mujer?

LUIS: Martirio Barrile viuda de Crocco.

COLORADO: ¿Quién?

GORDO: ¿La vieja del “telo”?

LUIS: Exacto, la vieja del “telo”.
Buenas -me dice. Pero, de golpe yo noto que la anciana esta me mira con una expresión rara, como de desconfianza: en el mismo momento, les juro que fue una fracción de segundo, la mano que se mueve como un periscopio, parece otear el aire y con la velocidad de un refucilo vuela y se le prende a la teta derecha.

MARIO: ¡Noooo!

COLORADO: ¡Qué decís, animal!

GORDO: ¡Vos no tenés perdón de Dios! ¡Cómo vas a hacer una cosa así!

LUIS (hinchado): ¡Me van a dejar hablar o no me van a dejar hablar!

COLORADO: No, dale, seguí.

LUIS: Entonces la vieja esta que se para de un salto y es como que empezamos a forcejear, mientras yo trato de explicarle lo del implante
, la mano que no le suelta la teta. Pensé: ahora me surte, me encaja un bollo, se pone a armar quilombo y termino en cana.

COLORADO:
No era para menos, le estabas manoteando un órgano sexual.

LUIS: Pero no va que la vieja esta alza la cartera y desaparece. A partir de ahí les juro que  quedé como estúpido, estuve sentado en esa plaza como seis horas: ni fui a lo de la mina, ni volví a mi casa. La mano, mientras tanto no paraba de hormiguearme. ¿Me estaré volviendo loco?, pensaba. Y me dije que tenía que volver a ver a esta vieja, no sé, tenía que hablar con ella, sentía como un pálpito.

LUIS
hace otra pausa, el COLORADO baja una mirada indignada sobre la mano, apoyada inocentemente sobre la mesa.

COLORADO:
¡Qué mano de mierda!

LUIS: En ella no hay culpa, Colorado, en todo caso si hay un responsable ese es el progreso irreversible de la ciencia.

GORDO (exaltado): Tal cuál, el progreso irreversible de la ciencia, que avanza sin tener en cuenta al ser humano. Fijate sino lo que me está pasando a mí con las pastillas para adelgazar.

MARIO: Pará Gordo, que vuelva a la historia. ¿Y? ¿Volvieron a verse?  

LUIS:
Volví a esa plaza durante dos semanas seguidas. Te juro que cada vez que me acercaba al banco, la mano cambiaba de personalidad, se ponía como loca. Y un jueves por la tarde la encontré. Siéntese -me dice la vieja, no parecía nerviosa ni asustada y yo pensé: antes que nada tengo que disculparme: Mire, doña... –empecé. No es necesario –me corta.

El BOBINA, rojo de rabia, cierra aparatosamente el suplemento deportivo.

BOBINA: Y ahí nomás la mano la hipnotizó, la agarró del cogote y se la llevó para el “telo”. ¡Dejate de joder! ¡Cómo se pueden tragar semejante sapo!

COLORADO: ¿Vos por qué no seguís leyendo?

BOBINA: ¡Pero quien no tiene sus ratones, papá, es lo más natural del mundo! ¿Acaso Héctor no sueña con voltearse a dos jugadoras de hockey mientras lo cagan a cintazos?

GORDO (ruborizándose): ¿Y eso que tiene que ver con lo que está contando?

BOBINA: Que todos tenemos a nuestro degenerado oculto, Gordo, que es lo más natural del mundo. Por eso digo que éste tiene que asumirlo: si ahora lo calienta una de la tercera edad, que lo caliente una de la tercera edad y dejémonos de tanto verso.

LUIS: ¡Por qué no te vas a la concha de tu madre!

LUIS salta de la silla y se le va al humo, entre el COLORADO y el GORDO lo sostienen. El Bobina, estupefacto, retrocede hacia la barra.

MARIO: ¡Pará! No le des bola.

LUIS: ¿Pero quién invita a la mesa a este boludo?

GORDO: Es un tarado, un resentido. Haceme caso: vos no te calentés.

LUIS se estira las mangas de la campera, termina de un trago el fernet y mira la hora.

LUIS: Bueno, resumiendo, esta señora Martirio me cuenta que a ella también la habían operado el veintitres de mayo, el mismo día que a mí y en la misma clínica. La había mordido un perro y tuvieron que hacerle un implante de glándula mamaria.
Había ido a averiguar y para su operación habían utilizado la teta de una donante que había sufrido un accidente fatal un par de horas antes, el mismo accidente en el que había fallecido el donante de mi mano, y que ambos habían resultado ser marido y mujer.

El COLORADO y el GORDO abren la boca como dos pescados.

MARIO: ¡Increíble!   

LUIS (satisfecho del efecto logrado):
Con la importancia que en mi vida tiene el amor, se imaginarán que cuando aclaramos la situación supe que había que hacer todo lo posible para permitir ese reencuentro.
 
COLORADO: Más vale.

MARIO: Hiciste muy bien.

LUIS: Entonces la vieja dijo que por esa plaza pasaba mucha gente conocida, que no estaría bien visto que nos viesen, yo entonces propuse ir a un lugar más privado y ahí surgió lo del “telo”. Nos encontramos
los jueves de seis a siete de la tarde, pedimos una pieza, nos recostamos en la cama,  mientras la mano y la teta se entienden, yo leo el Grafico o miro alguna película, y la vieja teje cosas para sus nietos.

LUIS se estira en la silla dando por concluida la historia.

GORDO: Un acto de amor más allá de la muerte.

LUIS: Vos lo dijiste.
 
Pausa. El COLORADO alza de la mesa la mano del Luis y se la estrecha con solemnidad.

COLORADO: ¡Impresionante, varón, te juro que me hiciste saltar las lágrimas!

Quedan en silencio, reflexivos, de golpe se escucha la voz del BOBINA desde la otra punta de la barra.

BOBINA: Che, Luis, entonces: si estaban ustedes dos, la teta de esa mujer y la mano del otro: cuando te clavaste a la vieja la cosa se hizo orgía.

LUIS salta de la silla y corre hacia el BOBINA, que sale a velocidad por la puerta rumbo a la calle. El GORDO, el COLORADO y MARIO se asoman a las vidrieras para observar la persecución.

COLORADO: Qué no corra así. A ver si le hace mal a la mano.

MARIO: Igual no lo va alcanzar ni a palos.

GORDO: ¡Qué jugador este Luis! ¡Qué maestro!... ¿Vos le crees?

COLORADO: ¡Más vale! ¿Vos no?

APAGÓN

domingo, 18 de diciembre de 2016

Umbral Kümel-Hartman

El ENFERMERO empuja al PACIENTE en una camilla.
PACIENTE: Los hospitales son tan grandes, tan inabarcables.
El ENFERMERO no responde.
PACIENTE: Son como ciudades. Uno nunca termina de recorrerlos, ¿no?
El ENFERMERO no responde.
PACIENTE: ¿Para dónde me lleva?
El ENFERMERO no responde.
PACIENTE: Enfermero, le hice una pregunta ¿para dónde me lleva?
ENFERMERO: Para la Morgue.
PACIENTE: “Para la Morgue” ¡Jajaja!  ¡Está muy bien! ¡Jajaja! ¡Qué humor que manejan!
El ENFERMERO sigue empujando.
PACIENTE: Si no vi mal, para volver a la habitación hay que subir un piso y tomar el pasillo de la derecha, ¿no?
ENFERMERO: Sí.
PACIENTE: ¿Y entonces?
ENFERMERO: ¿Y entonces qué, señor?
PACIENTE: ¡Hombre, que me está llevando para otro lugar!
ENFERMERO: Sí, claro.
PACIENTE: ¡¿Sí claro?! ¡¿Cómo sí claro?! ¡Hágame el favor, no sea irrespetuoso!
El ENFERMERO sigue empujando.
PACIENTE: Ya mismo llamo a mi prepaga. Pido el traslado urgente. Esto es vergonzoso.
El ENFERMERO no responde.
PACIENTE: Usted evidentemente se empeña en ignorar lo que digo.
El ENFERMERO se detiene.
ENFERMERO: Señor, ¿qué quiere que le responda?
PACIENTE (incorporándose en la camilla): ¡Le pregunté adónde me está llevando, eso quiero que me responda!
ENFERMERO: Y yo ya se lo dije.
PACIENTE: No, señor, usted hizo un chiste impropio, dijo “a la Morgue”. Yo se lo festejé, pero ahora le pido seriedad, por favor. ¡Además qué es eso de andar haciendo chistes, yo a usted no lo conozco, quién le dio confianza!
ENFERMERO: Nadie. Usted me hizo una pregunta y yo se la respondí: lo llevo a la Morgue. La Morgue es el lugar donde en estas camillas llevamos a las personas que acaban de fallecer, y usted acaba de fallecer.
PACIENTE: Que yo acabo de… (histérico) ¡Ja ja ja!
ENFERMERO: Si le parece gracioso…
PACIENTE: ¡Claro que no me parece gracioso! ¿Cómo me va a parecer gracioso? ¡Me parece absurdo, me parece ridículo! ¿De dónde saca esa estupidez?
ENFERMERO: Amigo, 
está hiperventilando. Hagamos algo: levante los brazos e intente relajarse.
El ENFERMERO ayuda al paciente a incorporarse en la camilla y le levanta los brazos.
ENFERMERO: Usted está atravesando lo que se conoce como el “Umbral Kümel-Hartman, la estapa posterior al óbito...
PACIENTE: ¡¿El óbito?!
ENFERMERO: Su organismo ha colapsado, su sistema nervioso central ahora está en estado de shock y…
PACIENTE: ¡Pero BASTA, no quiero escucharlo!
El Enfermero recibe un llamado al celular.
ENFERMERO: Hola… (al PACIENTE) Aguánteme un segundito y ya estoy con usted (al celular) ¿Qué dice, Morales? ¿Y, en qué quedó, se hace o no se hace?... ¿Dónde?... Okey. Pero el pedido nuestro está incorporado, ¿no?, mire que es la condición... Okey… ¡No, Morales, de ninguna manera. Cinco no, son cuatro horas y rotativas!… ¡No, señor! Esto llegó a un límite, ellos ya lo saben, se lo advertimos. Cuatro horas y si quiere rotamos con Diagnóstico por Imágenes, con Depósito, dibújelo como prefiera, pero que salga... Si no se aprueba le paramos el Piso. Adelánteselos… Okey, en media hora, yo aviso y voy para allá, chau, chau, Morales (mira la hora, al PACIENTE) Dele, recuéstese que tenemos que seguir.
El ENFERMERO comienza a empujar la camilla.
PACIENTE: Pare.
ENFERMERO: No puedo.
PACIENTE: ¡Le digo que pare!
ENFERMERO (deteniéndose): Por favor, señor, tengo trabajo, no puedo hacer nada, usted está muerto.
PACIENTE: Es absurdo
ENFERMERO: Si lo quiere ver así, es absurdo.
PACIENTE: Digo que no puede estar sucediendo, míreme, si estoy muerto explíqueme entonces por qué estoy así.
ENFERMERO: ¿Es sordo? Ya se lo dije, es el Umbral Kümel-Hartman.
PACIENTE: ¡¿Y qué corno es el Umbral Kümel-Hartman?!
ENFERMERO: Se lo pongo de esta manera: cuando usted hace un rato falleció fue como que su conciencia no se dio por aludida y siguió con el envión. ¿Me capta? Por desgracia esto algunas veces pasa. Hasta que su mente se hace a la idea de que está muerto, usted cree que no está muerto. ¿Comprende?
Atónito, el PACIENTE se levanta de la camilla, observa el entorno, observa al ENFERMERO, se observa los brazos, se toca la cara. El ENFERMERO vuelve a mirar la hora.
PACIENTE: ¿Y usted?
ENFERMERO: ¿Yo qué?
PACIENTE: No se haga el idiota, usted, ¿cómo es que me habla?
ENFERMERO: Es exactamente eso lo que yo me pregunto. ¡Por qué les hablo! ¡Quién me manda a mí a hablarles! ¿Sabe qué es esto, señor? Trabajo insalubre. ¿Hasta cuándo uno puede estar teniendo la vela, bancando las quejas, las agresiones de locos que creen no estar muertos? Esto es lo que estamos planteando para la asamblea: o conseguimos turnos rotativos o vamos al paro.
PACIENTE: ¡Espere, espere o va a explotarme la cabeza! No entiendo nada de lo qué está diciendo. Primero, la asamblea esa de la que habla me importa un carajo, usted tiene la obligación de atender las demandas de los pacientes: cumpla con su trabajo y respóndame lo que le pregunto.
El ENFERMERO mira a ambos lados del pasillo, se sienta en la camilla, saca un paquete de cigarrillos, enciende uno.
ENFERMERO: Tengo unos minutos, dele, ¿qué más quiere saber?
PACIENTE: ¿Usted está diciendo que es algo que hace habitualmente? ¿Acostumbra a hablar con los muertos que lleva a la Morgue?
ENFERMERO: Sí.
PACIENTE: O sea que usted habla con los muertos.
ENFERMERO: Sí. Es decir, no con todos.
PACIENTE: ¿Me vio cara de pelotudo?
El ENFERMERO salta de la camilla.
ENFERMERO: Se acabó su tiempo.
PACIENTE: ¡No, discúlpeme! ¡Respóndame, por favor!
ENFERMERO: Hay un porcentaje que no. Quiero decir, no hablan, están en un estado como de confusión. Pero eso es peor, porque tienen una expresión en la cara, lo miran a uno de una forma tan espantosa. ¡Hay que ver lo que es esa mirada! Después, por la noche, no me la puedo sacar de la cabeza.
El PACIENTE mira el paquete de cigarrillos, el ENFERMERO lo percibe y le convida uno. Fuman. Tiempo. De golpe el PACIENTE se pone el cigarrillo en los labios, salta de la camilla y se pone a hacer flexiones.
PACIENTE: Esto, ¿usted cree que puede hacerlo una persona fallecida?
ENFERMERO: ¿Qué hace? Por favor, vuelva a la camilla que me compromete.
El PACIENTE se incorpora, se observa la entrepierna por sobre la bata.
PACIENTE: Hasta creo que estoy teniendo una erección. ¿Qué hora es?
ENFERMERO: Las cinco.
PACIENTE: A esta hora siempre tengo una. ¡Dígame, eh! ¿Qué tiene que ver eso con la muerte?
ENFERMERO: ¡Vuelva a la camilla, señor!
El paciente se sube a la camilla. Circulan. Tiempo
PACIENTE: Hagamos algo, tengo una propuesta.
ENFERMERO: Ya sabía yo. Siempre tienen una propuesta.
PACIENTE: ¿Cuánto tiempo le queda para esa reunión?
ENFERMERO: Quince minutos.
PACIENTE: Dejeme ir hasta la habitación, tengo que hablar con mi hijo y hacer un par de llamados. Puedo pagarle, alzo la billetera y le doy todo el cambio que tenga.
ENFERMERO: No voy a aceptar su dinero, señor y no puedo dejarlo ir.
PACIENTE: Son cinco minutos. Le prometo que vuelvo, acepto lo del Umbral Kümel no se cuanto y me lleva lo más tranquilo a la Morgue. ¡Tenga corazón, necesito hablar con mi hijo!
ENFERMERO: Es que es inútil.
PACIENTE: ¡Por favor!
El ENFERMERO por señas le permite irse, el PACIENTE sale, el ENFERMERO se recuesta en la camilla. Fuma.
ENFERMERO: Estoy harto, ojalá fracase la asamblea, se pare el hospital, salte todo por el aire. Tengo que salirme de esto, no puedo más. Ahí está: puedo ir a trabajar con mi cuñado (saca un celular y llama) Hola amor, ¿qué estás haciendo?… (sonríe)Yo también... Decime una cosa, porqué no llamás a tu hermano y le preguntás si todavía está la propuesta esa para trabajar con él en la óptica. ¿Te acordás que él me había ofrecido?… ¡Mal! Para serte sincero, mal. En un rato nos reunimos, pero no creo que prospere, no tienen personal y yo ya tengo la cabeza quemada… No, hoy no. Estoy bien… Hoy uno solo, pero parece bastante tranquilo. Lo dejé ir porque quiere hablar con el hijo… ¡Es que no puedo, amor, siento que tengo que darles una mano, es pobre gente! ¿Entendés?… ¡No, tranqui, no voy a renunciar! Por eso vos, por favor, hablá con tu hermano. Llamá y preguntale.
Vuelve el PACIENTE furioso.
ENFERMERO: Te llamo en un rato, ahora tengo que hacer, ¿dale? Chau, amor, chau, chau (al PACIENTE) ¿Y?
El PACIENTE no responde.
ENFERMERO: Se lo dije.
PACIENTE: ¡Usted no me hable!
ENFERMERO: Okey, no le hablo.
PACIENTE: ¿Por mera casualidad, usted cree que me trajo a este hospital de mierda sin consultarme, que me internó y ahora viene con esos modos petulantes a vigilarme, por qué? ¿Porque le interesa mi salud?
ENFERMERO: ¿De quién habla?
PACIENTE: ¡De mi hijo! ¡De mi único hijo! Si lo conoceré, lo único que le interesa son sus acciones en la empresa. ¡La frialdad! ¡El tupé para ignorarme como me ignoró!
ENFERMERO: Amigo, escuche…
El ENFERMERO intenta interrumpirlo pero no lo consigue.
PACIENTE: Como si yo lo hubiera maltratado. ¿Cuándo lo presioné, cuándo lo ofendí? ¿Eh?, dígame. Después, como si nada sale al pasillo y se pone a hablar con un médico…
ENFERMERO: Por favor, señor…
PACIENTE: Ahí entonces yo aprovecho para intentar hacer las llamadas. Alcé el teléfono y de golpe se me hizo un blanco en la cabeza, no recordaba nada, ningún número de teléfono, ni el de mi casa. Justo yo que para los números tengo memoria de elefante. Me dije que debía ser el shock por toda esta situación…
ENFERMERO: ¡Escúcheme, por favor! Ni su hijo lo ignora, ni puede llamar por teléfono. Es lo que quería advertirle, su hijo no lo ve, ¿comprende? Usted ya no es.
PACIENTE: ¡Ay basta! ¡Ya me tiene harto usted también! ¡Lléveme y no hable más!
El PACIENTE se sube, el ENFERMERO empuja la camilla.
PACIENTE: ¡Dele, sáquese de encima el estorbo, ese es su espíritu de servicio! ¡Vaya corriendo a esa asamblea de mierda, por lo que va a arreglar! Sépalo: usted parece cualquier cosa menos un trabajador de la salud. ¿Cuánto hace que no se afeita? ¿Se miró las manos? Además, ¿le hacen exámenes sicológicos? ¿Andar hablando con muertos da que pensar, no?
El ENFERMERO empuja la camilla sin responder.
PACIENTE: ¡Un momento!... ¡Pare, le dije!
El ENFERMERO detiene la camilla.
PACIENTE: ¿Usted no estará en combinación con el asqueroso de mi hijo, ¿no? ¿No se habrán complotado para sacarme del medio? Sea sincero. ¿Qué le prometió?
ENFERMERO: ¡No me ofenda!
PACIENTE: ¡Ah, el señor también se ofende!
ENFERMERO: ¡Sí, me ofendo! Usted es un desagradecido. Además, que esté en la situación en la que está no quita que se pueda comer una buena piña.
El PACIENTE salta de la camilla.
PACIENTE: ¿Quiere pelear? Dele, inténtelo. Soy cuarto dan de taekwondo.
Ambos se ponen en guardia, giran, hacen un par de amagues, pero a continuación bajan los brazos.
PACIENTE: Es ridículo.
ENFERMERO: Pienso igual. Además me daría cosa pegarle a un muerto.
PACIENTE: ¡Un muerto...! ¡Muerto, terminado...!
El PACIENTE se quiebra, el ENFERMERO le da palmadas en la espalda.
ENFERMERO: ¡Bueno, tranquilo, hombre, hay que ser fuerte!
PACIENTE: Discúlpeme. Odio hacer este tipo de escenas.
El PACIENTE se sube a la camilla, el enfermero lo empuja, trasponen una puerta y se detienen.
ENFERMERO: Escúcheme, yo llego hasta acá. Ahora lo voy a dejar, después van a venir a acomodarlo. Le aconsejo que se quede recostado y trate se relajarse, le va a ir dando sueño, cada vez más sueño, hasta que en determinado momento…
PACIENTE: ¿El fin?
ENFERMERO: Sí.
PACIENTE: Qué porquería es todo.
ENFERMERO: Sin sentido.
PACIENTE: 
Arbitrario, más que nada. E injusto.
ENFERMERO: Hoy estamos y mañana no estamos más.
PACIENTE: Así de absurdo.
ENFERMERO: Y estúpido.
PACIENTE: Una última cosa: no me dijo cómo sucedió.
ENFERMERO: Ah, disculpe: infarto. Usted estaba en la habitación y fueron a buscarlo para hacerle unas placas, ¿no es cierto? Fue en la sala de rayos. Hicieron lo imposible para volverlo.
PACIENTE: ¿Pero no pudieron?
ENFERMERO: No.
PACIENTE: Bueno, no lo entretengo más.
ENFERMERO: Quiero decirle que me alegro.
PACIENTE: ¿De qué se alegra?
ENFERMERO: De la serenidad con que se lo toma.
PACIENTE: Si quiere me pongo a bailar hip hop.
ENFERMERO: No, por supuesto.
Se miran con incomodidad.
PACIENTE: Bueno…
ENFERMERO: Bueno…
PACIENTE: ¿Cuando se despide de los otros qué hace? Quiero decir, ¿les da la mano? ¿Los abraza?
ENFERMERO: Les doy la mano.
El PACIENTE se incorpora y, muy formal, le tiende la mano.
PACIENTE: Ramiro Funes Cassini, fue un gusto.
ENFERMERO: Quintanal, Amilcar, lo mismo (se aleja unos pasos) Como le dije, recuéstese como si fuera a dormir. Ni se va a dar cuenta.
PACIENTE: Adiós.
ENFERMERO: Adiós.
El ENFERMERO sale. El PACIENTE mira el entorno.
PACIENTE: ¡Qué mugre! ¡Qué desastre es el hospital público, por Dios! Espero que no me tengan en esta ratonera mucho tiempo (se recuesta en la camilla, cierra los ojos) ¿Tendré que hacer lo que dijo este muchacho? Cerrar los ojos, como si fuese a dormir.
Tiempo. De golpe el PACIENTE salta de la camilla, va hasta la puerta.
PACIENTE: ¡ABRAN! ¡EY! ¡ABRAN! ¡SECUESTRO! ¡ME SECUESTRARON! ¡ABRAN!
APAGÓN

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Cuatro monos

I - ESTUDIO SOBRE EL AMOR

Entra Felisberto, 12 años, gordito, con un guardapolvo de médico y un estetoscopio.
FELISBERTO: Papi y mami se aman con locura. Eso se dicen cuando papi se aparece una vez a la semana, tira el maletín, se arranca la corbata, y los dos se empiezan a perseguir como perros rabiosos: “¡Te  amo con locura!”, se gritan, se arrancan la  ropa, se muerden y a continuación se empiezan a decir cosas que no me animo a reproducir. Como  yo  estoy siempre dando vueltas por la casa,  mami dice: “¡Felisberto, no te quedés ahí, andá al súper a comprar gelatina “light” de cereza!”. Dan un portazo y se encierran en el dormitorio. Se siguen diciendo asquerosidades, pero a pesar de que  utilizo  el estetoscopio en la pared, ya no consigo escuchar más.
Desde ya  que el pedido de mami de ir al súper a comprar gelatina “light” de cereza, no signi¬fica que esté necesitando ingredientes para un postre. Mami es un ser desprovisto de cerebro, su capacidad de razonamiento es la de una ameba unicelular, no cocinó en su vida y si Rosita se tomara vacaciones creo que terminaríamos comiéndonos entre nosotros como las tribus antropófagas del Amazonas. Más bien sé que tengo que desaparecer para que ellos puedan hacer sus acoples.
Cuando medito sobre el tema de los acoples, aunque es un fenómeno primitivo,  sé que tarde o temprano es algo que me va a afectar. Molina, por ejemplo,  ya tuvo acoples y con sólo observarlo cinco minutos, como a cualquiera de los de tercero, se puede com¬probar  que el sexo es algo que incluso le sucede a  los infradotados.
Lo mío, en cambio, pasa por la investigación, me la paso estudiando las transformaciones de la materia y la energía, el comportamiento de los seres vivos. Desde que papi ya no vive con nosotros, mis obser¬vaciones sobre  los  acoples, lógicamente descontando pruebas de campo con cascarudos, se han reducido a observar a mami a la hora del baño. Para eso construí el periscopio invertido. A las 6:00 PM Rosita sale a hacer las compras y a las 6:15 mami entra al baño (recita a velocidad) el periscopio invertido o trampa de luz, es un sistema de espejos enfrentados embutidos en un tubo de polipropileno e introducido en el conducto de la ventilación. Desde la terraza, tengo en el campo visual la mayor parte del baño principal. No es difícil, sólo hay que evitar que el vapor nuble la lente y esperar que mami se pare frente al espejo grande para untarse sus cremas. Mami es un bello espécimen, aunque desprovista de líquido cefalorraquídeo, como dije, tiene un cuerpo notable, tanto como cualquiera de las mujeres de las revistas sucias que se pasan los de tercero. Otro dato importante es cuando viene a visitarla el toxicómano ese que ahora es el novio y la ata a los barrotes de la cama.
Papi con su socio tienen una empresa de transportes, son los dueños, pero  cuando mami discute con él, siempre le termina diciendo: camionero de mierda. Su lectura de la realidad es curiosa, porque si para ella papi, que es dueño de una flota inmensa de camiones, nos compró esta casa, paga mi colegio, viene una vez por semana y le grita que la ama con locura, es un camionero de mierda, por qué se eligió como novio a un roquero anoréxico, que arrasa con lo que hay en la heladera, consume sustancias que alteran la percepción y encima la ata a los barrotes de la cama y le pega chirlos en el culo.
Papi  creo que nunca le pegaría y yo no  sé, quizás cuando se tiene una esposa lo mejor es golpearla. Ella ahora me dice que tengo que volver a lo de la doctora Chernaski, para controlar la agresividad. ¿Qué agresividad? Resulta que invita al novio a cenar y el tipo se aparece con los compañeros de la banda, un cuarteto de mugrientos semianalfabetos que enseguida se instalan como si la casa fuera de ellos, mami empieza a tomar champagne, se ríe todo el tiempo, uno se pone a tocar la guitarra y ella a bailar. Algo patético. Después dos de los tipos se encierran en mi habitación a fumar “cannabis sativa” (recita a velocidad) cáñamo índico de efecto narcótico que vasodilata e inhibe las señales psicomotoras, muy consumido en el mundo de la música, pero lo peor fue cuando me tocaron el microscopio. Me enfurecí tanto que agarré la colección de piedras basálticas y se las empecé  a tirar. Tengo práctica con tiros a distancia contra cuevas de murciélago, así que les apuntaba a la cabeza. Dos sangraron, hasta que por fin se tuvieron que ir.
¡Yo tengo que controlar mi agresividad y resulta que a ella le gusta que el tipo ese la ate a los barrotes de la cama y le pegue chirlos  en el culo! Se lo dije, que la escuché con el estetoscopio y que por lo tanto no pienso volver a lo de ninguna doctora Chernasky: soy un investigador, un científico, lo que pasa es que hay momentos en que es necesario reaccionar. Papi no, papi es débil, desde que se separaron y se fue a vivir con la hija de su socio, conmigo se puso extraño, quiere que (hace comillas) dialoguemos. No veo de qué podemos dialogar, papi es extremadamente ignorante, carece de imaginación y su lóbulo temporal tiende ligeramente al zapallito calabaza. Por ahí está hablando, ¿no? y de golpe se me queda mirando como si su sistema nervioso central colapsara, los ojos se le ponen vidriosos y empieza a tartamudear. Se lo dije, que me da bastante pena, que ojalá yo en la edad adulta no me transforme en alguien como él. A veces me viene a buscar y me invita a su casa. La hija del socio de papi tiene diecisiete, va a quinto de mi mismo colegio y le gusta tomar sol sin corpiño. Cuando papi le dijo al socio que se había puesto de novio con su hija, parece que se agarraron a piñas en la oficina, y como  papi es evangelista practicante quedó con toda la cara moretoneada. Eso es lo que me contó mami. Si fue así no estoy de acuerdo, creo que a veces, a pesar de que uno sea un hombre de ciencia, también tiene que saber defenderse. Para no dejarse pisotear, pero también como mecanismo pre¬ventivo para evitar daños mayores. Como hacen los médicos epidemiólogos en el caso de la transmisión de la rabia (recita a velocidad) enferme¬dad infecto-contagiosa que provoca la hidrofobia. El animal rabioso te inocula un virus a través de la espuma que le sale de la boca, el virus te va destruyendo uno a uno los músculos del cuerpo y te morís loco de dolor. Mi plan antirrábico dio inmejorables resul¬tados: de un total de treinta y dos perros del barrio, logré eliminar dieciocho. No fue fácil, tenía que idear un sistema rápido, que no dejara huellas en caso de autopsias, por eso se me ocurrió el método de shock eléctrico con batería de cortadora de césped, lo que resultó difícil fue controlar el voltaje y varios se prendieron fuego. No es que odie a los animales, lo que pasa es que un científico a veces tiene que optar por cierto tipo de decisiones para evitar males mayores.
La hija del socio de papi toma sol sin corpi¬ño, la vez que papi me llevó a su casa  ella estaba con unas amigas, todas en la terraza, tomando sol sin corpiño  y fumando, y se reían porque yo estoy algo gordito y no quería sacarme la ropa y quedar¬me en slip. Papi sí se puso a tomar sol en slip, él va al gimnasio tres veces por semana y le gusta exhibir los pectorales. En un momento ellas trataron de sacarme la ropa. Le conecté un puñetazo en la glándula mamaria a la más alta, a la pobre se le cortó la respiración y hubo que suministrarle oxígeno. Después me dejaron tranquilo.
Luego de dos meses sin aparecer, un día llega papi de la oficina, tira el maletín y se vuelven a decir con mami: “¡Te amo con locura!”. Se gritan, se arrancan la ropa, pegan  un  portazo y se encierran en el dormitorio. Esta vez, no sé por qué le hice caso a mami y fui al super a comprar gelatina “light” de cereza. Cuando volví, Rosita les había servido bebidas y canapés en la cama. Utilicé el estetoscopio: habían decidido hacer las paces, organizar una cena a la que iban a invitar a sus respectivos novios. ¡¡¡CÓMO!!! ¡El roquero mugriento y la idiota, juntos, en mi propia casa!... Prendí la lámpara del escritorio y me  puse a trabajar: el shock eléctrico con la batería de cortadora de césped descartado, tenía que ser algo más sutil. Abrí el libro de química: ¡Ya está! (recita a velocidad) un preparado de permanganato de potasio y cloruro de litio, la dosis apropiada provoca arritmia y contracción muscular sin llegar al paro cardiorrespiratorio.
Llegada  la hora del encuentro, soy el primero en sentarme a la mesa, con un gotero vierto una pequeña dosis en las copas de champagne. La cena no estuvo mal: mami al principio ignoró a la novia de papi, pero después de las primeras copas de vino se le soltó la lengua y empezó a hablar estupideces; por su parte papi no sabía de qué conversar con el drogadicto, yo me compadecí y les hablé de mi colección de tarántulas.
A la hora del champagne, ocurrió lo esperado: la novia de papi y el roquero de golpe se pusieron rígidos y se fueron al suelo temblando y sacando espuma por la boca. Terminaron debajo de la mesa hechos un ovillo. Mami empalideció, y no sé si sería por el vino que había tomado pero se puso como una loca, le empezó a gritar a papi: “¡ES TU CULPA, CAMIONERO DE MIERDA, ES TU CULPA!” Por suerte corrí en busca de sus pastillas, le dupliqué la dosis, se las hice tragar con un vaso de whisky y se calmó.
En  síntesis, el plan resultó bien, el único problema  fue Rosita: como cuando recoge acostumbra a beberse y a comerse las sobras, también tuvo su ataque. Llegó el servicio de emergencias, se llevó a los tres y al rato estábamos en los sillones del living lo más tranquilos. Pero algo no estaba bien, papi y mami mantenían la vista fija el uno en el otro, como esperando el menor gesto para degollarse. Terminé de tragar la bomba de crema y me paré sobre el sofá (se para en una tarima) Hable sobre el proceso de atracción de los sexos, las respuestas químicas del estado de enamoramiento, endorfinas y serótinas, glándulas y hormonas, impulsos eléctricos, las palabras me brotaban como de un surtidor (se baja) Papi y mami, sin dejar de mirarse, paulatinamente comenzaron a entornar los ojos, el flujo sanguíneo les aumento, sus respiraciones se agitaron, les brillaban las pupilas; y de golpe ya no fue necesario seguir: en la cara de mami se dibujó la expresión salvaje: “¡Te amo con locura!” -gritó. Papi hizo estallar el vaso de whisky contra el espejo y se paró de un salto: “¡Yo también te amo con locura!” Y se lanzaron el uno contra el otro, volvieron a arrancarse la ropa, a morderse y arañarse, a decirse asquerosidades y de un portazo se encerraron en el cuarto. Yo alcé la bandeja de las bombas de crema y subí a buscar el estetoscopio. La noche iba a ser larga y un investigador, un científico, no debe descuidar sus estudios, aunque se trate de dos tristes, de dos patéticos vertebrados de su propia sangre.
APAGÓN


II - LA MUDANZA

Se escuchan bombos y cánticos, ingresa el Presidente al auditorio, se sienta en su escritorio, o se para detrás de un estrado.
PRESIDENTE: Señores gobernadores, señores intendentes, miembros del poder judicial, señores senadores y diputados, conciudadanos: como ustedes saben acaba de concluir la reunión de gabinete y quiero comunicarles la decisión de este gobierno: nos mudamos.
Los bombos y cánticos lo interrumpen, el Presidente hace gestos para poder continuar.
Tras meses de trabajo, planeamientos,  complicadas proyecciones, creo estar en condiciones de adelantar que en las próximas semanas estaremos desocupando el actual territorio de la república para instalarnos en uno nuevo.
Dicho así sé que puede sonar fuerte, pero como primera autoridad de la Nación me veo en el deber ineludible de asumir la responsabilidad y disponer los instrumentos para concretar este traslado.
Vuelven a escucharse los bombos y cánticos, el Presidente reitera los gestos para poder continuar.
¿Por qué nos mudamos? Sin entrar en un racconto que a todos resultaría doloroso, en el largo período de desgobierno vivido por nuestra nación, sus administraciones centrales fueron solventando pésimos negocios y peores inversiones, primero con las reservas, luego con los ahorros del ciudadano y finalmente con la tierra de la Patria.
Así como lo escuchan: a cambio de préstamos usurarios, de prebendas y derroches escandalosos, nuestro territorio fue pasando metro a metro, cuadra a cuadra, manzana a manzana, a manos de los principales holdings bancarios del Primer Mundo y hoy nos encontramos en una virtual situación de desalojo.
Soy consciente de que las mudanzas son de las circunstancias que más estrés producen en el ser humano, es por eso que, con tiempo, les aconsejo ir acomodando todo en cajas, que son de fácil transporte (los libros deben repartirse para distribuir el peso, los bultos con sus respectivos rótulos para evitar extravíos; las bolsas de nylon, por su parte, son buenísimas para objetos como ropa, artículos de cama, juguetes y peluches) La Secretaría de Comunicaciones a partir de mañana les va a estar haciendo llegar un manual editado por la imprenta gubernamental, que se titula “Cinco consejos útiles para empacar correctamente en una mudanza de Estado”.
Vuelven a escucharse los bombos y cánticos, el Presidente ídem.
La segunda pregunta que deben estar haciéndose es: está bien, nos mudamos ¿pero adónde? En principio, quiero manifestar que los esfuerzos de esta administración desde el comienzo han estado orientados a encontrar un territorio lo más parecido posible a nuestra querida Patria. Por supuesto, no se puede pedir que donde antes había un shopping, una laguna, una plazoleta cara a nuestra historia personal, los encontremos exactamente replicados en el nuevo destino.
De acuerdo a detallados informes en poder del gobierno, la propiedad (ubicada entre los 2 y los 8 grados latitud norte y los 63 y 67 longitud oeste) es una unidad en excelente estado; deshabitada desde épocas de la Colonia, en el siglo XIX fue ocupada por una nación ya desparecida, la República Clareteana de Garcilia, a comienzos del XX fue adquirida por la colectividad afgana, que en busca de climas húmedos planeaba trasladar el gobierno central de ese país a la región, proyecto que fracasó.  A partir de allí, y hasta hace unos veinte años, fue utilizada sucesivamente como coto de caza, reserva indígena, zoológico natural y depósito de muebles. Hoy, ya hace 3 años que se encuentra desocupada, con el deterioro lógico de la falta de mantenimiento, así que instruí al Ministerio de Planificación e Infraestructura para que corte el pasto, recicle los monumentos públicos, repinte los edificios de las ciudades principales y reinstale los servicios de luz eléctrica y Directv.
Vuelven a escucharse los bombos y cánticos, el Presidente ídem.
Conciudadanos, la vida nos pone una vez más a prueba, un cambio de estas características sé muy bien que conlleva la separación de familias, la pérdida de amistades y hasta de vecinos y vecinas apreciadas. Quiero tranquilizarlos, la Dirección Nacional de Catastro desde hace una semana se está ocupando de tomar fotos satelitales para que en el nuevo espacio podamos conservar cada uno la misma ubicación. Esto es, ciudadano, ciudadana, usted podrá seguir teniendo al querido vecino de enfrente, la peluquería, la despensa de la esquina, la casa de su tía a tres cuadras. De forma tal que se cambiara de territorio pero no de vecindario.
Vuelven a escucharse los bombos y cánticos, el Presidente ídem.
Yendo a las medidas concretas de gobierno, he dado instrucciones para que comiencen a ser trasladados los libros de nuestra Biblioteca Nacional por correo privado; a partir del fin de semana  vamos a comenzar con el acarreo de los papeles del Estado en el avión presidencial, luego se trasladará al gabinete, a los familiares directos de los Ministros, a sus mascotas y plantas; y a partir de allí el avión dejará de funcionar ya que no nos quedan vales para combustible.
Además de la migración de la población, un tema de importancia estratégica es el traslado de la producción nacional. El Ministro Plenipotenciario de Minería e Industria ya está ocupándose de la salida de la industria siderúrgica, que se hará por ferrocarril. A las minas de oro, plata y cinc lamentablemente las vamos a tener que dejar. La industria nuclear y la totalidad de la producción agrícola-ganadera también deberá movilizarse por tierra, a excepción de la producción avícola que lo hará por aire.
Vuelven a escucharse los bombos y cánticos, el Presidente ídem.
A nivel educativo, como estamos a mitad del año lectivo, vamos a coordinar con el Ministerio de Educación para que nuestros niños pierdan la menor cantidad de días de clases posible y –por supuesto- ya he dado instrucciones para que se cambien los manuales de geografía y los mapas físicos y con división política.
Algo que representa un problema de logística delicado es el sistema sanitario y el traslado de nuestros enfermos. He ordenado a la cartera de Salud que en todos los sanatorios, clínicas y hospitales, tanto de la esfera pública como privada, se inicien tratamientos relámpago para curar la mayor cantidad de pacientes posible. Los que se vean impedidos de movilizarse por sus propios medios, como amputados, enfermos graves y ancianos, lamentablemente morirán en el territorio de la Patria y serán recordados con cariño. Comprendan que es un momento histórico y debemos  ser fuertes.
En otro orden, algo todavía irresuelto es el tema de las cárceles y los cementerios. Los nuevos propietarios ya han arrendado el actual territorio nacional a la OTAN para la instalación de un basurero de desechos de guerra y una cadena de burdeles para la tropa. Desde la Subsecretaría del Interior estamos negociando para que se nos permita mantener tanto las cárceles como los cementerios en el mismo sitio, y a través del pago de un ticket de ingreso, similar al utilizado en los estadios de fútbol, podamos  visitar a nuestros deudos y familiares detenidos.
Vuelven a escucharse los bombos y cánticos, el Presidente ídem.
Con emoción, he recibido mensajes de apoyo de todos y de cada uno de los países hermanos de la región. El Estado Federativo del Brasil y la República Plurinacional de Bolivia se han ofrecido para organizarnos una fiesta de bienvenida al nuevo hogar. Les transmití que no creía que fuese momento para festejos, aún quedan asuntos importantes por resolver, una vez que estemos instalados y organizadas las fronteras, quizás llegará el tiempo del vino espumante, de las guirnaldas y de un estreno como Dios manda.
Quiero aprovechar estas palabras para transmitir algunos agradecimientos:  a la Corporación del Personal Tranviario,  a la Asociación Municipal de Aeronautas y Volovelistas,  a Correos Nacionales, al Encuentro Federativo de Camioneros y, muy especialmente, a la Comisión Directiva de la Asociación Nacional de Natación, que en un verdadero acto de entrega se ofreció a trasladarse nadando.
Vuelven a escucharse los bombos y cánticos, el Presidente ídem.
Para finalizar, desmiento categóricamente algo que viene repitiéndose en varios medios de comunicación: nuestra amada patria no cambiará de nombre. Y permítanme aquí un mensaje de carácter personal: “Nona, mamá: no vamos a llamarnos Paraquestán, República Trashumante de Jodonia, ni ningún otro disparate por el estilo. La Patria orgullosamente va a seguir conservando el nombre que le fuera legado por los héroes de nuestra independencia”.
El Presidente se conmueve, saca un pañuelo y se seca las lágrimas. Vuelven a escucharse los bombos y cánticos, reitera los gestos para proseguir.
Queridos conciudadanos, en la vida para ganar siempre hay que sacrificar algo, en esta encrucijada les ruego optimismo y valor. Esperen los llamados de las empresas mudadoras que van a contactarlos a la brevedad, les aconsejo que antes de partir saquen muchas fotos, y no lleven ropa de abrigo, ya que nuestro nuevo destino es bastante más cálido. Gracias, los saludo fraternalmente y ¡Viva la Patria!
APAGÓN
                 

III - LA CRÍA DEL HIJO

Entra el Licenciado llevando debajo de un brazo a un bebé de goma. Lo sostiene del pecho,  boca abajo, como si llevase un perro, o un gato. En el escenario hay un escritorio y un corralito. Expone ante un auditorio.
LICENCIADO: Concebir un hijo, criarlo, satisfacer sus necesidades primarias es, desde tiempos inmemoriales, una de las actividades más frecuentes del ser humano. Hoy es común que junto al juego de living, el plasma con HD, la heladera con freezer, el equipo de pesca, etcétera, encontremos a un hijo en la casa.
Ahora bien, una vez que el hijo está en la casa, esto es, una vez que nace por cesárea, parto natural o se lo adopta, es conveniente tomar algunos recaudos que servirán para su crianza y posterior desarrollo. Como a todo mamífero vertebrado, a poco de nacer al hijo comienzan a crecerle dientes (muestra la boca del bebe de goma)  Para ayudar a que asomen debe equipárselo con algunos elementos como trozos de plástico, de goma, metal blando, madera aglomerada, resina, o símil, para que muerda y vaya cortándolos.
A medida que enumera va sacando de sus bolsillos los objetos, los muestra y junto al bebé los apoya en el escritorio.
¿De qué se provee al hijo para su alimentación? En una primera etapa se alimenta, básicamente, de leche materna. Luego de un tiempo ya puede ingerir carnes, pastas, variedad de frutas y verduras -preferentemente bien pisadas o cortadas en trozos pequeños, pues como no maneja el cuchillo y el tenedor, ni controla los mecanismos masticatorios y de deglución, puede sufrir ahogos, asfixias y cortes en brazos, cuello y rostro.
Aquí conviene mencionar algo importante, al momento de alimentarlo el progenitor debe acompañar cada cucharada con la voz “ico, ico” o “eta ica la papa”, para ir acostumbrándolo al lenguaje hablado. También es útil proveerlo de abundante agua fresca, ya que todavía no posee dinero para ir a comprarla por sí mismo al chino y, como no sabe hablar, tampoco la solicita.
Levanta al bebé y lo introduce en el corralito.
A diferencia del perro o del hámster, el hijo no posee hábitos nocturnos, esto es, por las noches duerme casi todo el tiempo. Durante el día, como todavía no se desplaza por sus propios medios, es útil introducirlo en un recinto cerrado y de piso acolchado, con paredes de reja o malla tejida, donde se pasará el día arrastrándose y gateando en círculos, esto es, fortaleciendo miembros inferiores y superiores y –como decíamos antes- mordiendo objetos para “cortar” los dientes Señala las características del corralito y le tira al bebé los objetos que están sobre el escritorio.
En esta etapa el hijo también suele hacerse encima sin avisar, para ello debe equipárselo de un pañal, que es una prenda absorbente usada para higienizar y evitar la contaminación del entorno. El pañal debe tener un recambio periódico, mínimo cada tres horas, máximo una vez a la semana.
Una vez que el hijo logra controlar esfínteres, esto es a partir de los dos años, el progenitor debe enseñarle a utilizar la pelela y posteriormente el inodoro. A partir de ese momento cada vez que haga sus necesidades el padre y la madre pueden armarle divertidas rutinas para desarrollar en el baño, como obritas de títeres, búsquedas del tesoro, o convocar a los abuelos y a vecinos de confianza para que presencien el acto.
Saca al bebé del corralito y lo pone en el piso.
Cuando se desea alzar al hijo, siempre hay que tratar que trepe y suba, esto es, procurar que haga el esfuerzo para que poco a poco vaya intentando arreglarse solo. En lugar de alzarlo, a veces es útil ponerse a unos metros de distancia y decirle “¡Vení!” (realiza la acción) Cuando el hijo se acerca, volver a alejarse. “¡Vení!”, y repetir la operación. Esto va a servir para seguir fortaleciendo miembros inferiores y superiores y, sobre todo, para que aprenda que en la vida los objetivos a lograr cuando uno cree haberlos conquistado, siempre vuelven a alejarse.
Cada cierto tiempo también es conveniente higienizarlo. ¿Qué se necesita para higienizar al hijo? Es necesario un champú y un jabón para hijos, una toalla y una bañera. Se llena la bañera, el agua tiene que estar siempre templada.
Alza al bebé del piso, lo pone en el escritorio y dramatiza el baño.
Una vez dentro de la misma es conveniente sujetar al hijo para que no se sumerja, ni se quiera ir. Para que se relaje es mejor poner en el interior de la bañera un Power Ranger, submarino, barquito, o símil. Se moja al hijo con una esponja, luego se lo enjabona, hay que ir frotando, frotando la espalda, los brazos, las piernas, la cabeza, las orejas. A la mayoría de los hijos esto suele gustarles, les gusta sobre todo que les enjabonen la panza. Con el enjabonamiento de la panza el progenitor poco a poco va a ir ganándose la voluntad del hijo, al mismo tiempo, el hijo le irá tomando afecto y en algún momento del proceso emitirá la voz “papá”, o “father”, o “váter”, dependiendo de la ubicación geográfica de la familia. Finalmente se lo seca, se lo cambia, se le dice “qué lino, nene se bañó” y se lo vuelve al habitáculo de seguridad a que siga arrastrándose en círculos hasta la hora de dormir.
Vuelve a depositar al bebé en el piso.
El gateo del hijo. El gateo es una de las actividades más importantes durante la etapa de desarrollo, se calcula que un hijo en condiciones normales, es decir con todos sus miembros sanos, gatea en promedio unos tres kilómetros diarios. ¿Cómo hacer para que cumpla con estos registros? En principio, debe limpiarse el piso con un escobillón, lampazo o símil. Se deposita al hijo boca abajo, se observará que primero se va a quedar unos segundos estático, como muertito, no hay que alarmarse porque está reconociendo el terreno. A continuación va a comenzar a gatear (de un bolsillo saca una tiza y hace una línea delante del bebé, luego va a ir empujándolo con un pie para que avance) Como estoy haciendo yo en este momento, es útil que el progenitor haga una marca del lugar donde el hijo inicia el gateo, para consignar en un registro la distancia diaria recorrida, para luego hacer proyecciones semanales, quincenales y mensuales y, de esta forma, ir constatando sus progresos.
El hijo gatea hasta que comienza a caminar, esto es, aproximadamente hasta el año y medio de vida. Si luego lo sigue haciendo, supongamos hasta los doce o trece años, no hay que alarmarse, en algunas culturas de Oceanía el gateo es un signo de nobleza y en la actualidad existen varios proyectos en el parlamento argentino para declararlo deporte olímpico.
Levanta al bebé y vuelve a colocarlo sobre el escritorio.
¿Cómo hacer para que el hijo se pare sobre sus pies y diga su propio nombre? Este es un paso importante que crea dudas. Un sistema efectivo es el de los “refuerzos positivos”, que consiste en recompensar al hijo cada vez que cumple y obedece una orden. Los refuerzos pueden ser empanadas de atún, golosinas o entradas para películas en 3D, que son las cosas que al hijo más le gustan. Para que aprenda a realizar cada acción, primero hay que emitir la orden acompañada de un gesto para que comprenda qué se le está ordenando. Se le dice, por ejemplo, “Iñaki”, o “Nico”, o “Juan Manuel”, y se lo señala con el dedo para que sepa que debe decir su nombre, y una vez que el hijo –aunque imperfectamente- consiga repetirlo, se le da el premio antes mencionado aplaudiendo, o diciendo “¡joya!”, o “¡grande, titán!”.
El método “imitativo” también tiene un buen estándar. ¿Cómo funciona? Se convoca a un primo segundo o amigo de la familia de contextura pequeña, que debe disfrazarse de hijo y ponerse junto al hijo real. El hijo apócrifo, a cada orden del progenitor debe hacer todo lo que se le quiere enseñar al hijo verdadero. Es conveniente en esa instancia que el progenitor ignore al hijo verdadero y festeje exageradamente cada orden cumplida por el falso hijo diciendo “¡maestro!”, “¡cómo aprende este nene bueno!”.  Entonces, el hijo verdadero, por efecto imitativo, pero sobre todo por miedo a ser reemplazado por el hijo apócrifo y abandonado en un basural, aprenderá en tiempo récord lo que uno busque enseñarle.
Rabietas y berrinches del hijo. La vida, se sabe, es energía liberada al espacio sin ningún sentido, y el paso del ser humano por el planeta una cosa absurda; en esta primera etapa de vida, lógicamente, el hijo no comprende esto, y cuando la realidad no coincide con sus deseos es pasible de sufrir berrinches. ¿Cómo deben manejarse estas primeras manifestaciones de su carácter? En primer lugar hay que comprender que el hijo no tiene nada personal contra uno, no nos está bardeando, ni intenta hacernos la vida imposible, sencillamente berrea porque todavía no puede suicidarse, ni cometer un acto terrorista; esto es, no sabe encauzar sus emociones. Ante la rabieta, entonces, el progenitor debe explicarle que está descontento con su proceder, sin atacar su personalidad debe negociar, buscar siempre el punto medio evitando la rigidez: por ejemplo, si el hijo quiere pintar una pared del living con betún para el calzado, que pinte sólo la mitad de la pared. O si a la hora de la cena quiere tirar la papilla al piso, que el hijo arroje una parte, el padre la otra, y luego ambos pueden festejar la gracia zapateando sobre la misma.
Levanta al bebé del escritorio, lo apoya en el piso boca arriba y se acuesta a su lado.
Una alternativa física para cambiar el equilibrio energético ante el berrinche, es acostarse junto al hijo en el suelo, abrazarlo y respirar juntos lentamente hasta que se vaya calmando. Se desaconseja hacer esto en una terminal de transporte en horario pico, en un shopping en día de rebajas, o en un restaurante completo Vuelve a incorporarse, levanta al bebe y lo deposita en el corralito.
Finalmente, si no funciona ninguna de las tácticas anteriores, se puede volver al hijo al recinto de seguridad enrejado a que siga gateando en círculos por el resto del fin de semana.
El hijo debe tener los papeles en regla. Es conveniente, desde un principio, tramitar la documentación que fija la ley para acreditar, primero, que el hijo es él mismo y luego que es su hijo. De esta forma, si usted y su familia van por la ruta y los para la policía caminera, además del carnet de conductor, cédula verde y últimos dos recibos de patente, podrá presentar la documentación que acredite que ese ser que lleva amordazado en el asiento de atrás es su hijo y no la víctima de un robo o un secuestro extorsivo.
Vuelve a sacar al bebé del corralito y lo sostiene bajo el brazo como al principio de la escena.
Para finalizar,  la cría del hijo, digámoslo de una vez, es una actividad onerosa. Los gastos de salud, educación, vivienda, vestido y transporte, pueden rondar los 75.000 pesos anuales. Esto es, el equivalente a unos tres sueldos mínimos al año con un dólar a tasa variable. Para recuperar dicha inversión existen hoy en día actividades en la que el hijo puede transformarse en una redituable fuente de ingresos: castings para agencias de modelos, publicidades, tiras televisivas y una variada nómina de concursos que reparten importantísimos premios en metálico.
En cuanto a esto, es útil recordar que todas las gracias, conocimientos, facultades y destrezas adquiridas por el hijo en los primeros años de vida, comienzan a velarse en la segunda infancia, declinan en la adolescencia, para perderse por completo en el oscuro pozo de la mediocridad de la edad adulta; por lo tanto es conveniente no distraerse y sacar el mayor rédito posible en su edad temprana, para lograr amortizar los gastos ocasionados por la crianza. Muchas gracias.
APAGÓN

                    
IV - WARNES SAMURAI

Entra ALAN, con una bata, ojotas, una espada, un rodete en el pelo, la barba de dos días. Su aspecto es francamente decadente.
ALAN: A ver esperá, yo estoy yendo al Japón año ‘84’, año ‘85’. Es por esa época. Lo tengo presente porque estaba el gobierno de Alfonsín y Argentinos Juniors había ganado el Metropolitano. Recuerdo que viajo con pase libre de mi club, Comunicaciones y, te digo: me adapté bien, vivía en el estadio, me habían dado una cocinita y me hacía mis propios churrascos a la plancha, nos subían a una combi y nos llevaban a recorrer. Los ponja son gente atenta. Aterricé en un lugar llamado Kamaishi Do, o algo por el estilo.
El arte marcial es algo que a mí siempre me llamó. De pibe. En casa me veía las películas de Bruce Lee, coleccionaba estrellitas ninjas, practicaba patadas con el maniquí del cuarto de costura de la vieja. ¡Una vocación! Pero si yo ahora te tengo que decir, la verdad yo no estoy bien…
Ser samurai es algo complicado, ser samurai en la Argentina es directamente una desgracia. Mucha discriminación. Suponete que un día querés ir a dar una vuelta por el Alto Avellaneda: te discriminan; querés ir a comerte unas pizzas a La Continental, te discriminan, vas a ver un Racing / Independiente: te discriminan; y si no te  discriminan se te cagan de risa en la cara. Y eso te va corroyendo, te va corroyendo. La culpa la tiene el juramento. Por la cuestión del juramento samurai el luchador siempre tiene que andar con el batón, la espada y el rodete hecho. A toda hora. Es una especie de compromiso, un asunto –cómo se dice- milenario. Venís a ser como un boiescau pero sin borceguíes, siempre listo por cualquier eventualidad. ¿Vos sabes lo que es ir en el 60, hora pico, el bondi hasta el ojete y vos así emperifollado? ¿No sé, pasar por plaza Once a la hora de la bailanta, los chabones haciendo la cola con sus pantaloncitos de corderoy, sus musculosas de asetato meta transar chichis y vos con el batón? El otro día, sin ir más lejos, estoy arriba del 168, voy a lo de un tío que vive en Soldati, siete de la tarde, el colectivo hasta las manos, pasamos por la cancha de San Lorenzo, suben cuatro giles y empiezan a armar quilombo. ¡Barrabravas, viste! Cuando los veo, me digo “Alan, hacete el boludo”. Pero por el juramento samurai hay que enfrentar la Injusticia para que triunfe el Bien, viste. Los giles estos estaban en el fondo, ya habían empezado a manotear billeteras, a toquetear colegialas, así que pego el grito samurai y desenvaino. En el asiento individual, vos sabes que iba una viejita, así con las manos en la falda apretando su bolsita de Supermercados Coto. ¡La abrí toda, pobrecita! Prácticamente ni sangró. Quedó así apoyadita contra la ventanilla mientras daba el último suspiro. ¡Me dio una amargura, me dio una angustia! “Parada”- grité y me mandé a mudar. Por eso te digo, y ojo, no quiero que pienses que tengo una visión negativa de la existencia, pero si yo te tengo que decir, la verdad-la verdad, yo no estoy bien.
Había un movimiento muy lindo que me pedían mucho allá. Dejame recordar: me paraba extendiendo los brazos en diagonal al oponente, me dejaba caer de espalda y tiraba el salto para atrás mientras sacaba la espada. A la figura yo le había agregado una cosa muy linda que le veo en el año ‘77’ al Coreano Sun de “Titanes en el Ring”. No quiero sonar presumido, pero era una cosa que impresionaba. El rival se te quedaba mirando sin comprender que había perdido.
Como te decía, llego al país oriental y me estaba adaptando: había empezado con los entrenamientos, en el tiempo libre aprovechaba para conocer. Y fijate lo que es el destino, ¿no?, llega el día en que tengo que hacer mi primera pelea, me enfrento con el campeón supergallo de Kiushiu, Shunkiu, o algo así. El vago este (aparte de ser más feo que apretarse los huevos con una morsa) se caracterizaba por usar dos espadines que movía como aspas de ventilador de techo. Empieza el encuentro, y lo llevaba bien: le había hecho un par de piquetes de ojos, el tipo que me tira dos guadañazos, yo los esquivo y corro a la tribuna y lo festejo con las manitos así, como Riquelme. Un festejo que allá en el Japón prendió mucho. Entonces me digo: el gil está para el cachetazo, ha llegado el instante de rematarlo. Y justo en ese momento, fijate vos lo que son las cosas, justo en ese momento me gritan de la cantina “¡auuuaaa kataaa jiio!”, “teléfono” en japonés. ¡De no creer! ¿Quién podía estar llamándome a mí, al Japón y en ese momento? Era mi hermano el Walter, con el que tenemos la parrilla en Warnes. “¡Alan, volvete, se nos fue el parrillero!”, me dice. “¡Walter en este instante no puedo atenderte!”, le digo. “¡Si no venís y me das una mano la parrilla se va a la mierda!”, me dice.  ¡Imaginate adónde fue a parar mi concentración! Cuando vuelvo al combate el chabón este que me está esperando tomándose una Gatorade. Especulo: lo adecuado en esa situación es liquidarlo rápido, y para eso lo recomendable es la “Doble Alan con Trompo Invertido”, otra creación mía de excelente rendimiento. Te la resumo: movimiento regular de espada en forma de cortadora de fiambre, en determinado momento tirás el trompo, te plantás de sopetón, das dos saltos mortales y salís volando. Bueno, hago la primera parte, el vago que me mide, se pone a la defensiva, hasta ahí todo bien. Hago el trompo, me planto, tiro los saltos mortales y vos sabés que siento el tirón. ¡Aductores! ¡Cuatro meses parado!
Y vos viste como son los dirigentes, para los dirigentes lo único importante es el resultado. Acá en la Argentina perdés tres partidos al hilo y te piden la renuncia del cuerpo técnico. Bueno, allá se suicidan. Así como lo escuchás: al menor problema los chabones se bañan, se cambian, escriben un par de cartas y se suicidan. No sé si es algo que les viene de la época de la guerra en que se tiraban con avión y todo, o es también una cuestión –cómo se dice- milenaria. Por ponerte un ejemplo, accidente en la calle: dos autos chocan en una esquina japonesa, ¿no?, los tipos en vez de bajar a putearse como cualquier persona normal, cierran la ventanilla, traban las puertas, se bajan un frasco de genioles y se suicidan; debate de candidatos políticos en la tele: ante el menor ataque pelan una catana, se apuntan al chichulín y se suicidan. En la calle hay carteles que prohíben amasijarse en determinados horarios para evitar embotellamientos. En eso hay que reconocer que son organizados.
Y bueno, dicho y hecho, cuando culminó el torneo por lo de mí lesión y por otro vago que se dobló un tobillo, la comisión directiva completa se encerró en una oficina, se bajó cinco litros de sake, se subió al avión del club y se estrelló contra una montaña.
Después se dieron otros conflictos: huelga de árbitros, no pagaban las primas, yo empecé a extrañar, entre en un pozo depresivo. Al final me cansé y me volví. Por eso si yo te tengo que decir: yo ahora bien-bien, no estoy.
Y bueno, ya de regreso en Warnes, me surgió una diyuntiva: cómo trabajar en la parrilla sin abandonar el juramento samurai. A ver si se entiende: eran mundos incompatibles y el Walter no quería aceptar que yo no podía abandonar mi razón de ser en esta vida. Pensé, pensé, hasta que me surgió una idea magistral: tengo un herrero amigo, el Ruben. Me dije, ¿qué pasaría si le pido al Ruben que agarre a la espada y le adapte un kit de suplementos: un pinche para los chorizos y las mollejas, una palita para las brasas, una pinza para la carne?  Podría hacer el laburo sin dejar de ser samurai. Entusiasmado con la idea, llamo por teléfono a mi Sensei al Japón para que dé el okey: “Hola, Sensei, acá Alan de Argentina, ¿se acuerda? ¿El muchacho que fue a préstamo  del club Comunicaciones?” ¡El ponja se acordaba, imaginate la emoción! Hablamos de esto y de aquello y entonces aprovecho y le planteo el tema. Siento que el teléfono se queda mudo y a continuación al Sensei que grita: “¡Uooo, guuuuu, uaaa kiooo aiiiaaaa ooooo kataaa!”… ¿Podés creer que me puteó a la vieja, japonés del orto? ¡Me puteó a la vieja! ¿Te parece que yo merezco algo así? ¿Qué cosa rara le estaba pidiendo? No quiero presumir, pero yo di mucho, por la lucha samurai yo entregué todo. La ojota con borde afilado, la catana con hoja de cuchillo tramontina, son creaciones mías. Las figuras que imitan a bichos en vías de extinción como el Aguila Viuda, el Maracaná Cara Afeitada, o el Tatú Carreta, nuestro animal autóctono, son mías. Yo inicié una transformación, una renovación de la disciplina, cuestiones que luego fueron adoptadas por los grandes maestros, copiadas, e incluso incorporadas a la enseñanza oficial. ¡Y fijate cuál es la paga!
Otra cosa jodida allá en Japón son los gay. ¡Mucho gay, mucho transexual! En todo  el ambiente de las artes marciales. ¿Viste las geishas de las películas, esas que te preparan tecitos con hierbas raras y te hacen masajes en los pies? ¿Vos las ves así, tan femeninas, tan delicaditas? ¡Todos travestis brasileros! Así como lo escuchás. Ojo, contra los gay yo no tengo nada, incluso te digo más, cuando estaba en Kamaishi Do me había hecho amigo de un geisha brasilero, Toninho, había jugado de nueve en la cuarta del Atlético Mineiro, un vago macanudísimo. Por ahí me pasaba a buscar por el estadio y salíamos a tomar unas cervezas, lo ayudaba a pintarse las uñas, o nos poníamos la toalla al cuello y nos íbamos a las piletas de mar artificial esas que usan allá. Y el chabón me explicaba lo que les pasa a los japoneses con los ‘travas’. Es que las japonesas tienen ese problema físico, digamos, el defecto ese en el aparato reproductor femenino. Y bueno, parece que por eso los tipos están como locos y para desahogarse contratan ‘travas’ brasileros. Que además les resulta favorable por el cambio de moneda.
Por eso, si yo ahora te tengo que decir, la verdad-la verdad, yo no estoy bien. Como samurai yo quería progresar, edificarme un futuro. Me digo: ¿por que el Japonés García sí y yo no? ¿Por qué el Chino Fernández, el Chino Volpato sí y yo no?
Después hubo otra serie de problemas, en la parrilla tuve un cambio de palabras con unos transportistas, clientes fijos. Uno me bardeó y tuve que enfrentarlo: le cercené la arteria femoral y el pobre casi se va en sangre. Lo internamos en el Durán, estuvo en terapia intensiva una semana y la parrilla tuvo que afrontar los gastos. A raíz de esto discutí con el Walter y volví a caer en otro pozo depresivo.
Empecé a reunirme con un grupo de autoayuda en el club Comunicaciones, lo coordina un chabón que fue pesista y abandonó la disciplina por una hernia. ¡Ser pesista y venir a herniarse: fijate vos si no hay gente con mala leche!  Bueno, resulta que el vago este a la segunda reunión me lleva aparte y tenemos un diálogo. “Alan, tenés que tratar de aceptarte, de reecontrarte con tu yo interno”, me dice. “Soy samurai, así que calculo que mi yo interno también debe ser samurai, Doc” -le digo yo. Fue una conversación cálida, muy afectuosa. Llegamos a la conclusión de que tenía que buscar una ocupación para despejarme. Empecé a buscar trabajo en los clasificados. Un mes, dos meses: nada. Y una vuelta veo en un destacado “Se busca samurai con experiencia, movilidad propia” ¡No lo podía creer! Le pido el rastrojero al Walter y me voy de raje. Llego a un galpón por la zona de Barracas: “La gustosa”, una fábrica de chacinados. Seleccionaban degustadores para corte de salamín en público en dos cadenas de supermercados. “¿Qué soy, la mujer barbuda, el hombre elefante, por qué no me propones laburar en un circo?, le digo al chabón, y me fui dando un portazo. ¡A vos te parece! Por eso, si ahora te tengo que decir, yo bien-bien no estoy. Si fuera japonés, con que tuviera la doble ciudadanía nomás, podría suicidarme. Pero ni eso. El Walter dice que me tengo que ir a Hollywood, que ahí puedo edificarme un futuro. No sé, yo soy de Warnes, el ser humano no puede vivir mucho tiempo privado de los afectos.
ALAN sigue el relato melancólico mientras lentamente va bajando la luz.
ALAN: ¡Mirá vos lo que ahora me viene a la memoria! Yo hacía una figura muy fina, muy pulida: daba un salto, ¿no?, me plantaba con los pies en ángulo de noventa grados, levantaba los brazos, empezaba a agitarlos como la urraca cuando entra en época fértil y con un golpe de cadera hacía que la espada se desenvainara sola. ¡Era impactante!…
APAGÓN