miércoles, 3 de mayo de 2017

Pocketbar

Personajes:
Moza
Cliente
 Supervisor
Policía


ESCENA 1
Bar al paso en el microcentro porteño, moderno, impersonal. Barra, detrás cartel anunciando “Pocketbar”, al fondo a la izquierda acceso a cocina y baños, sobre la derecha vidriera que da a la calle y entrada, junto a la vidriera mesita con una silla. En la calle se escucha trajín, es media mañana. El bar está vacío, entra el CLIENTE, de traje y corbata, hablando por celular, la MOZA detrás del mostrador acomoda pocillos, limpia con una rejilla.
CLIENTE: ¿Está sangrando? Y está sangrando, ¿cuál es?... ¡Perro, pará! ¡Pará, Perro, por el amor de Dios! ¡Concentrate y escuchame un momento! Decís que está sangrando, ¿dónde están?...  Sí, ¿dónde están?... Okey, bueno, siéntenlo en algún lado, una banqueta, una silla ¿Cómo lo ató?… No, en las muñecas es suficiente. ¡Y decile que no le vuelva a pegar en la nariz, por favor!...
Con lo escuchado, la MOZA queda congelada. El CLIENTE se apoya en la barra, le da la espalda.
CLIENTE (al celular): Dale, dale, te espero. ¡Pero pará, pará! ¿Vos de donde hablás?... Correcto, el pasillo, en el living, pero que nunca te vea la cara... ¡Miente, miente querido, miente, me extraña Perro! El tipo está forrado… ¡Porque te lo digo yo!….. ¡¿Cuánto?!... Se les está cagando de risa en la cara. Vende propiedades, ahí hay fortuna, te lo aseguro. En algún lado tiene una caja de seguridad… ¡No, no, pará, escuchame, hola, hola, Perro! ¡Hola!… (el interlocutor deja de hablarle. Sin apartar el celular de su oído el CLIENTE queda a la espera, a la MOZA) Está haciendo calor, ¿no? (la MOZA no consigue articular) ¿Me hacés una lágrima, por favor? (vuelve el otro al celular) ¡Hola!... ¡Perfecto, Perro, ahí está! ¿Qué dice?... El tipo, nabo, ¿qué dice?... ¡No, los está chamuyando! Perro, grabate bien esto: la encanuta en la casa y ustedes se la van a llevar. Repetilo…. ¿Me vas a dar bola o no me vas a dar bola? Aguantame un segundo (a la MOZA) Apenas con una gota de café, ¿dale? (al celular) Ahora escuchá atentamente: primero vas y le decís que  ni sueñe con que pueda aparecer la gorra porque es zona liberada, que Tulio tiene problemas psiquiátricos y en la medida que no hable la cosa se va a ir poniendo cada vez más espesa. Y después, pará… (piensa) Y después le pedís que te diga dónde guarda la caja de herramientas… ¡La caja de herramientas, sí!  En algún lado tiene que tener una caja de herramientas. ¿Con qué se cambian los portalámparas, qué sé yo, los cueritos de la canilla...?
La empleada, con manos temblorosas le sirve el café.
CLIENTE: ¡Gracias, bonita! (al celular) Okey, andá, andá, espero (a la MOZA) Maipú hoy es una locura. Seguro que hay un corte a la altura de Corrientes, porque está todo el tránsito desviado. Esta ciudad es un caos (al celular) ¡¿Viste?! ¡¿Viste que no es tan difícil?! ¿Dónde?... Perfecto, ahora abrila y fijate, ¿sabés qué tenés que buscar?...  No, mejor una tenaza… Okey, ahora llevala y mostrásela y le decís que te diga todo lo que le preguntes porque si no Tulio la va a tener que usar en su cuerpo.
La MOZA se lleva la mano a la boca para reprimir un grito, al tiempo que el CLIENTE gira y comienza a caminar por el local.
CLIENTE (al celular): ¡Ey, ey, Perro, pará, bajá un cambio! Serenate porque no entiendo qué decís… ¿Cómo que se desmayó? Si no le hicieron... ¡Es la mordaza, genio! ¡Saquenle la mordaza, en qué cabeza cabe! ¡El otro animal le rompe la nariz y encima lo amordazan! ¿Por dónde querés que respire? (a la MOZA) ¿El baño, linda?
La MOZA, temblando, se lo señala. Sin cortar la comunicación el CLIENTE se dirige hacia allí. Proveniente de la cocina entra el SUPERVISOR, se cruza con el CLIENTE, el SUPERVISOR observa a la MOZA que está al borde de una crisis de nervios.
SUPERVISOR: ¿Qué te pasa?
MOZA: ¿No escuchaste?
SUPERVISOR: No.
MOZA: Al tipo… ese.
SUPERVISOR: ¡Tranquilizate! No escuché. ¿Qué tiene el tipo ese?
MOZA (confusa): Es un… Viene a ser un… ¡Es un enfermo!
SUPERVISOR: ¿Te quiso avanzar?
MOZA: No, no, es un sádico, un maniático. Entró hablando con alguien y… (para sí) ¡No lo puedo creer!
SUPERVISOR: Hablando con alguien, ¿y? Terminá la idea.
MOZA: Tiene a alguien secuestrado.
El SUPERVISOR, incrédulo, da unos pasos hacia el baño, vuelve.
SUPERVISOR: ¿Qué decís?
El CLIENTE regresa del baño, con el celular sostenido con el hombro y secándose las manos con un pañuelo, que dobla prolijamente y se guarda en un bolsillo.
CLIENTE (al celular): Ok, dale, espero. ¡Total yo hoy no tengo nada que hacer, viste! (levantando la voz) ¡QUE DIJE QUE ESPERO! ¿OKEY? ¡Andá y hacelo!
El SUPERVISOR y la MOZA se cruzan miradas, el SUPERVISOR le hace un gesto de que se serene.
SUPERVISOR (al CLIENTE): ¿Le llevo el café a la mesa?
CLIENTE: Dale, por favor.
El CLIENTE se ubica en la mesa, el SUPERVISOR hace lo propio y vuelve a la barra, la inspecciona minuciosamente, acomoda la vajilla, el recipiente con los sobres de azúcar, la campana de cristal.
MOZA: ¿Qué hacés?
SUPERVISOR: Nada. Que te la pasas corriendo las cosas de lugar todo el tiempo. ¿No ves lo feo que queda todo desalineado?
MOZA: ¡¿Marcos, escuchaste lo que dije?!
SUPERVISOR: Sí.
MOZA: ¿Y?
SUPERVISOR (con desinterés): A ver, contame.
MOZA (procurando que el CLIENTE no escuche): Cuando entró, ya venía hablando. Parece que habla, no sé, con dos cómplices. Les da instrucciones como si fuera el jefe. Y los otros están apretando a alguien en una casa para sacarle plata.
El SUPERVISOR la observa entre incrédulo y divertido.
MOZA: ¡Te lo juro por mi vieja! (el SUPERVISOR ídem) ¿Te parece que puedo joder con algo así?
El SUPERVISOR pone unos paquetes en una bandeja.
MOZA: ¿Ahora qué hacés?
SUPERVISOR: Son las diez y media, hay que llevar el pedido a la galería.
MOZA: ¿A vos no te importa nada, no?
SUPERVISOR: ¡Ay, cortala! ¿Ese tipo un secuestrador? Miralo bien, si parece el cajero del banco de acá a la vuelta. Encargate que ya vengo.
Sale. La MOZA queda detrás de la barra, el CLIENTE desde la mesa continúa con la comunicación.
CLIENTE (al celular): ¡No, vos sos el que está a cargo y vos lo tenés que controlar! ¿Qué tomó?...  ¿Qué tomó antes de entrar, Perro?... Escuchame, te lo pido por el amor de Dios, que se serene. Es preferible un sopapo con la mano abierta en una oreja que lo deja medio pelotudo, pero por lo menos no arma todo ese zafarrancho… Ah, sí, ¿qué, sos médico, ahora? Dale, calmalo, y ahora escuchame, vamos a lo nuestro. Primero que te diga dónde tiene la caja… Correcto, que la niegue. Entonces escuchame atentamente: cuando esté tranquilo le das la tenaza a Tulio, después le decís al tipo que si no te informa dónde está, que elija qué mano quiere, que Tulio le va a cortar una falange del dedo meñique…
La MOZA no soporta lo que escucha, cierra los ojos y se tapa los oídos. Entra el SUPERVISOR, la toca y la MOZA se sobresalta.
SUPERVISOR (con liviandad): ¿Y, qué onda? ¿Alguna novedad?
MOZA (reaccionando): ¡Vos me estás jodiendo! ¿No?
SUPERVISOR (temeroso de que escuche el cliente): Aflojá, no seas obsesiva.
MOZA: ¡Marcos, está claro que vivís en otro planeta, pero hacé una excepción!
SUPERVISOR: El tipo no está haciendo nada, miralo, está hablando por teléfono.
MOZA: Entonces por lo menos escuchá lo que dice. Le quieren cortar un dedo con una pinza al que tienen capturado. ¿No entendés lo que está pasando?
SUPERVISOR: ¡No voy a escuchar, no sé qué está hablando y tampoco me interesa! El tipo es un cliente, está sosteniendo una conversación privada. Las conversaciones privadas a mí no me interesan.
MOZA: A mí tampoco.
SUPERVISOR: ¿Y entonces?
MOZA: Pero hay límites.
SUPERVISOR: ¿Por ejemplo?
MOZA: Por ejemplo si se está cometiendo un delito.
El SUPERVISOR, indiferente, vuelve a acomodar las cosas de la barra. La MOZA se saca, le arrebata un platito que el otro tiene en la mano y lo destroza contra el piso. El CLIENTE, con el celular al oído, gira la cabeza y mira hacia la barra. Pausa tensa. El SUPERVISOR intenta disimular la situación.
SUPERVISOR: ¡Epa! Se te cayó un plato. No es nada, Juli, no te preocupes (bajando la voz) ¿Estás histérica? ¡Vamos a serenarnos un poquito, okey! Dejame manejar esto a mí.
El SUPERVISOR entra a la cocina, vuelve con un escobillón, se pone a barrer los pedazos del plato roto, se acerca gradualmente a la mesa donde está el CLIENTE hablando por celular, sigue barriendo, cruza miradas de inteligencia con la MOZA.
CLIENTE (al celular): No importa, vos tranqui.  La caja entonces queda para dentro de un rato. ¿Ves como empieza a largar? Centrate en eso. ¿Ahí qué hay? ¿Dólares?.... Correcto. Hagámosle caso y busquemos. Subís vos y lo dejás a Tulio con el tipo. Esto es así, Perro, si hacen las cosas prolijas hay tiempo de sobra, hay que manejarse con tranquilidad. ¿Así que en rollos de papel higiénico? ¡Mirá vos! En este laburo todos los días se aprende algo… ¡Hola, hola! ¿Estás ahí?...  Bien, ¿dónde estás?… Fijate si hay algún placard, armario, cajonera. ¿Los ves?... ¡Está, está, trabajá tranqui!  Total si no lo encontrás lo suben a él…
El SUPERVISOR vuelve a la barra.
MOZA: ¿Y?
SUPERVISOR: Es confuso.
MOZA: ¿Qué es confuso?
SUPERVISOR: No sé. Pareciera que está contando una película.
MOZA: ¡Ay, Marcos, por favor!
SUPERVISOR: ¡Vos me preguntás y yo te contesto, Juli, para mí el tipo está contando una película!  Escuchame, ¿por qué no respirás hondo y te serenás? Razonemos juntos: si yo te pregunto: ¿vés a ese cliente de ahí?
MOZA (contrariada): Sí, lo veo.
SUPERVISOR: ¿Qué está haciendo?
MOZA: Secuestró a alguien y les dice a dos secuaces cómo tienen que torturarlo.
SUPERVISOR: ¡Error!  Intentalo de nuevo: ¿qué está haciendo?
MOZA: ¡Ay, no soy retrasada!  Está hablando por teléfono.
SUPERVISOR: Bien, entró al bar, cosa que no está prohibida y está hablando por teléfono, cosa que tampoco está prohibida. Después vino a la barra y pidió… ¿qué pidió?
MOZA (a punto de explotar): ¡Una lágrima, pidió, Marcos!
SUPERVISOR: Bien, pidió una lágrima. Aunque los del banco de acá a la vuelta generalmente piden café solo. El tipo pidió una lágrima, cosa que…
MOZA: …tampoco está prohibida.
SUPERVISOR: ¡Perfecto! ¡Entendiste! Eso es lo que yo veo, eso es lo que vos ves. Todos felices y contentos. Punto.
MOZA: ¡Vos sos un pelotudo importante!
SUPERVISOR: No agredas.
MOZA: ¿O sea que mientras no esté descuartizando a alguien arriba de esa mesa no puede estar cometiendo un delito?
SUPERVISOR: Yo no dije eso.
MOZA: ¿Y qué decís? Explicame qué decís porque no entiendo.
SUPERVISOR: Mirá, seamos prácticos.
El SUPERVISOR saca del interior de la barra un cuadernillo impreso.
MOZA: ¡Ay, guardá eso!
SUPERVISOR (hojeándolo): Qué tiene, acá la empresa con toda claridad describe cómo se debe actuar ante cada alternativa que te presenta este trabajo.
MOZA: ¡Las cosas que pasan en la vida no figuran en un manual de instrucciones!
SUPERVISOR: Instructivo, no es un manual de instrucciones.
MOZA: Como se llame. Para resolverlas hay que utilizar el sentido común, nene (bajando la voz, burlona) ¡Dale, por qué no buscás “cómo servir al cliente secuestrador”!
SUPERVISOR (sigue hojeando el instructivo): ¡Qué graciosa! No soy estúpido, son pautas generales en las que tenés que hacer entrar la situación que se te presenta. Vos porque no te tomaste el trabajo de leerlo, está muy bien escrito (lee) Escuchá: “Pocketbar S.R.L. con la presente obra no busca implantar un esquema cerrado de lo que sería un servicio de cafetería ideal; muy por el contrario se propone desnudar las falencias que se producen en el trato con el usuario, planteando las soluciones prácticas que nos permitan brindar el servicio de excelencia que este se merece” ¡Qué tal! (hojea, vuelve a leer) Incluso tiene estadísticas. Escuchá: “¿Por qué se pierden los clientes?: 69% por la mala atención del personal, 16% por la mala calidad de los productos, 10% por los precios bajos de la competencia, 4% porque se mudan a otra parte, 1% porque fallecen…”
MOZA: ¿Lo vas a leer todo?
SUPERVISOR: No, no lo voy a leer todo (de golpe cierra el librito, se queda unas segundos abstraído) Pero no, claro, por más que uno quiera… Prestá atención a esto, porque por suerte estás al lado de un ser pensante.
MOZA: ¡Seguro!
SUPERVISOR: Suponete, como decís, que el tipo esté cometiendo un delito. Bien, está el que comete el delito, que es el tipo, estamos vos y yo, que seríamos los testigos. ¿Qué falta?
MOZA: ¡Qué sé yo! 
SUPERVISOR: Pensá.
MOZA: Te digo que no sé.
SUPERVISOR: La víctima, falta. Decime, ¿dónde está la víctima?
MOZA: Del otro lado de ese teléfono.
SUPERVISOR: ¿Y yo cómo lo sé?
MOZA: ¡SACÁSELO Y COMPROBALO!
SUPERVISOR: ¡Shht, hablá bajo! Error. Porque si vos le agarrás el teléfono, estás cometiendo otro delito, estás violando la privacidad de las personas. El tipo deja de contarle la película al amigo, llama a un policía y te denuncia.
La MOZA, harta, se saca el delantal y el gorro, alza su cartera, se la cuelga y sale de detrás de la barra.
MOZA: Mirá, vos seguí con tus teorías ridículas.
SUPERVISOR: ¿Adónde vas?
MOZA: ¡A una Comisaría! ¿Adónde querés que vaya?
El SUPERVISOR la detiene.
SUPERVISOR: ¡Okey, okey, esperá! (piensa a velocidad, bajando la voz) Si yo voy, llamo al agente de tránsito de la esquina, viene, verifica lo que digo, ¿todo vuelve a la normalidad? (la MOZA no responde) No te escucho.
MOZA: Está bien, dale.
SUPERVISOR: Esperame acá, no te muevas. 
El SUPERVISOR sale a la calle, pasan unos segundos.
CLIENTE (al celular): ¿Son euros?... Bueno, separá y contá. Dale, dale que espero… ¡¿CUÁNTO?!... ¡No, Perro, no, por favor, se les está cagando de risa en la cara!... ¡NO! El tipo el viernes pasado se llevó un toco, hizo una operación importante en el Supervielle… La venta de una casa, un local, qué sé yo, pero que se la llevó se la llevó. Y esa guita está en la casa.
El SUPERVISOR vuelve y se ubica rápidamente detrás de la barra, cosa de que no se lo asocie con el POLICÍA que entra segundos después. El POLICÍA, con chaleco naranja, pinta de novato, torpe, se acerca a la barra, saluda con una venia. El CLIENTE en tanto ha seguido todo el tiempo hablando por el celular.
SUPERVISOR: Buenos días. Qué dice agente.
POLICÍA: Buenos días.
SUPERVIROR (procurando que no se escuche desde la mesa): Como le adelanté, acá a mi compañera se le puso en la cabeza que ese señor de allá es un secuestrador y que está hablando con sus cómplices por teléfono.
El POLICIA observa al CLIENTE, cruza las miradas con el SUPERVISOR y la MOZA, se mantiene inmóvil.
MOZA: ¿Y? ¿Escuchó?
POLICÍA: Sí, escuché perfectamente.
El POLICÍA, confuso, vuelve a hacerles la venia, se acerca a la mesa y le hace la venia al CLIENTE.
POLICÍA: Buenos días, señor.
El CLIENTE, abstraído en la conversación apenas repara en él.
CLIENTE (al celular): ¡Ah, sí! ¿Y vos sabés? ¿Vos podés distinguir, suponete, un diamante, o un rubí de un pedazo de vidrio? ¿Qué vas a hacer, los vas a morder para saber si es auténtico? ¡Dejate de joder, Perro, razoná un poquito! Vos escuchame a mí: ni joyas, ni antigüedades, ni recuerdos de familia, nosotros estamos para otra cosa. Y el tipo este les tomó el tiempo. ¡Abrí los ojos!...
El POLICÍA, con torpeza se pasea junto a la mesa, hace que mira por la ventana, luego de unos segundos vuelve a la barra.
MOZA: ¿Y?
POLICIA: Un masculino, caucásico, 45, 50 años, por lo que se evidencia está manteniendo una comunicación telefónica.
MOZA: ¡Qué poder de observación!
SUPERVISOR: ¡Juli, serenate, por favor! (al POLICIA) Sí, eso lo sabemos, la pregunta es de qué está hablando.
POLICÍA: Eso, señor, yo no podría precisarlo.
SUPERVISOR: ¿No se anima a arriesgar una opinión?
POLICIA: No sé si me corresponde.
SUPERVISOR: ¡Por favor, nada más que para tranquilizar a la señorita!
POLICÍA: ¿Un planteo hipotético, digamos?
SUPERVISOR: Un planteo hipotético.
POLICÍA: Entiendo que el ciudadano está relatando una película.
SUPERVISOR (a la MOZA): ¡¿VES, GILA, VES?! 
MOZA: ¡Esto parece un concurso de oligofrénicos!
POLICÍA (se ruboriza, le vuelve a hacer la venia): ¡Le pido que no falte el respeto, señorita!
CLIENTE (gritando, al celular): ¡ME HARTARON! ¡ENTONCES QUÉ LE PARTA LA CABEZA A CULATAZOS, PERRO!
El SUPERVISOR, el POLICÍA y la MOZA se sobresaltan.
MOZA (al POLICÍA): ¿Y? ¿Está contando una película?
El POLICÍA vuelve a mirarlos a ambos dudando, junta coraje, se acerca de nuevo al CLIENTE.
CLIENTE (al celular): ¡No, pensemos, tranquilidad, ahora el que se está desconcentrando soy yo! No hagas nada, y frená al otro animal porque así no estamos yendo para ningún lado. Ahora escuchame…
POLICÍA: ¡Buenos días nuevamente, señor, me permite sus documentos!
El CLIENTE compenetrado en la comunicación  se los entrega. El Policía los inspecciona.
CLIENTE (al celular): Intentá mostrar toda la serenidad y la sangre fría de la que te creas capaz. Explicale al tipo que como buenos profesionales que somos le hicimos la inteligencia previa y sabemos que sacó del Supervielle de Callao y Mitre una fuerte suma de dinero y que la tiene en la casa…
POLICÍA: ¿Se puede incorporar un segundo y apoyar las manos en la pared, por favor?
Continuando con la comunicación, el CLIENTE se sostiene el celular con el hombro y acata el pedido. El POLICÍA lo palpa de armas.
CLIENTE: Y después decile que lo que estaba encanutado en los rollos de papel higiénico es un chiste, que se deje de joder y que ahora te tiene que decir donde tiene la caja de seguridad…
POLICÍA: Todo en orden, puede volver a lo suyo, si no es inconveniente le voy a retener el documento unos minutos.
CLIENTE (interrumpiendo la comunicación): No hay problema. Te pido un favor, ¿no le pedís a los chicos un vaso de agua con gas?
El POLICÍA le hace la venia y vuelve a la barra.
POLICÍA: Voy a salir para comunicarme por handy con Jefatura para consultar antecedentes. El ciudadano (lee en el documento) “Hugo Raúl Cevallos” no está armado así que no reviste peligro. Ah, y quiere un vaso de agua con gas. Con permiso.
El POLICÍA hace la venia y sale. El SUPERVISOR, con celo exagerado sirve el agua, se lo lleva hasta la mesa del CLIENTE y vuelve.
SUPERVISOR: Te digo algo: rogá que no tenga un buen abogado. Esto es ofensivo, si quiere hacer una denuncia tiene toda la razón, le hace un agujero al dueño del local y nosotros nos quedamos en la calle.
MOZA (con ironía): Sería trágico, ¿no?
SUPERVISOR: ¿Para vos no? ¿Te querés quedar sin trabajo?
MOZA: Es cuestión de tiempo. ¿Cuántos clientes entran por día a este sucucho? SUPERVISOR: Con tu histeria lo estás cerrando antes. ¿Sabés qué, Juli? A vos no te importa nada.
MOZA: ¿Ah, sí?
SUPERVISOR: Por supuesto, atendés mal, cumplís el horario que se te ocurre, sos desprolija, a cada rato vienen a instalarse tus novios…
MOZA: ¡No son mis novios y no te interesa quien viene o deja de venir! ¿Y ahora a qué viene todo esto?
SUPERVISOR: Qué este es nuestro lugar de trabajo, y que parece que no tomás conciencia de que esto es en un trabajo.
El CLIENTE, con el celular en el oído se incorpora de la mesa y se acerca a la barra.
SUPERVISOR (bajando la voz): Y ahora callate. Si se pudre todo es tu culpa, andá sabiéndolo.
CLIENTE (más distendido, al celular): Ahí está. Viste que si uno se lo propone la cosa sale, es cuestión de ser paciente y aplicar la sesera. Ahora andá y fijate si está en ese placard. Y cortá, cortá que yo te llamo.
El CLIENTE deja el teléfono en la barra, se pone serio, mira a ambos, hay otros segundos de tensión, de golpe señala la campana de cristal, donde hay unos sánguches.
CLIENTE: ¿Me hacés uno de esos tostado, linda? Si es posible con pan negro. Y untale uno de esos quesos bajas calorías, Tholem, Mendicrin, ¿tenés?
SUPERVISOR: Por supuesto que tenemos.
La MOZA y el SUPERVISOR se miran.
SUPERVISOR: ¿Y?
MOZA ¿Yo?
SUPERVISOR: Te lo pidió a vos.
La MOZA sale de mala gana hacia la cocina. El SUPERVISOR y el CLIENTE se quedan solos, el SUPERVISOR acomoda escrupulosamente la barra, el CLIENTE revisa los mensajes del celular.
SUPERVISOR: ¿Me permite? (limpia con una rejilla, el cliente tiene que correr el brazo, el SUPERVISOR no se decide a hablar) Cómo son…
CLIENTE: ¿Perdón?
SUPERVISOR (señalando con la cabeza hacia la cocina): Las mujeres, digo, cómo son.
El CLIENTE mira al SUPERVISOR con frialdad, cosa que lo pone aún más nervioso.
SUPERVISOR: Decía que hacen un mundo por cualquier pavada. Yo soy el encargado, ella –no sé si lo habrá notado- es bastante informal, eso a veces nos lleva a discutir.
El CLIENTE vuelve a clavarle la mirada, pausita.
CLIENTE: Te gusta.
SUPERVISOR: ¿C-cómo dice?
CLIENTE: Que te gusta, la chica. Que te calienta.
SUPERVISOR (sonrojándose): No, ¿por qué dice eso?
CLIENTE: ¿Sos pavote o maricón? Sé mirar, te estoy diciendo lo que veo. (el CLIENTE marca un número, del otro lado atienden) ¡Hola! ¿Y, estaba?... ¿Fijada a la pared?.... Ajá… Ajá… ¿Rompiendo sale, o no? …. Bien,  la cuestión es que existe, la encontraste, Perro. Ahora bajás y que te diga la combinación. Y me llamás.
El CLIENTE corta, apoya el celular en el mostrador, el SUPERVISOR  repasa nerviosamente la vajilla con un trapo.
SUPERVISOR: ¿Mucho trabajo?
CLIENTE: ¿Perdón?
SUPERVISOR: Digo, dele hablar por teléfono con sus empleados. Usted es del banco de acá a la vuelta, el de Esmeralda, ¿no?
El CLIENTE lo estudia con frialdad, no le contesta.
SUPERVISOR: No, del banco de acá a la vuelta no. Déjeme adivinar… Debe ser viajante de comercio.
CLIENTE: ¿Cómo te llamás?
SUPERVISOR: ¿Quién yo?
CLIENTE: ¿Ves a alguien más?
SUPERVISOR: N-no, claro. Me llamo Marcos.
CLIENTE: Marquitos.
SUPERVISOR: M-mi madre me dice Marquitos. El resto de la gente me llama Marcos. Es más de mi agrado. Para qué achicar los nombres ¿no? (traga saliva) Pero si a usted le resulta cómodo…
CLIENTE (interrumpiéndolo): Soy probador de celulares, Marquitos.
SUPERVISOR: ¿Probador de celulares?
El CLIENTE lo estudia, de golpe larga una carcajada, el SUPERVISOR lo imita con una risa nerviosa.
SUPERVISOR: “Probador de celulares”. ¡Está bien! ¡Me hizo caer, eh! (dejan de reír, pausita) Es verdad que usted hace…
CLIENTE: ¿Qué cosa hago, Marquitos?
SUPERVISOR: ¿Que… (traga saliva) “retiene”?
CLIENTE: ¿Qué “retengo”?
SUPERVISOR: Es que recién escuché sin querer lo que estaba conversando (vuelve a tragar saliva) Ojo, por ahí voy a  decir una pavada, usted corríjame, pero parecía como que les daba instrucciones a ciertas personas que estaban “reteniendo” a… a otra persona.
Otra pausa tensa, el CLIENTE vuelve a largar la carcajada, el SUPERVISOR lo imita.
CLIENTE: Que “retengo”. Está bien (el CLIENTE de golpe deja de reír) ¿Parecía eso?
SUPERVISOR: Sí. Bah, no sé. Yo soy de imaginarme y por ahí entiendo cada cosa (largo silencio, el CLIENTE goza con el pánico del otro. Vuelve a sonar el celular, atiende y se desentiende automáticamente del SUPERVISOR) ¡Perro, qué hacés querido! Dame una buena noticia y decime que te la dijo... Ajá… Puede ser, puede ser…
Vuelve la MOZA con el tostado, el SUPERVISOR agarra el plato y, solícito, lo lleva a la mesa y vuelve a la barra. Sin dejar de hablar con su secuaz el CLIENTE va lentamente hacia la mesa, de golpe se vuelve.
CLIENTE (al SUPERVISOR): Decíselo.
SUPERVISOR: ¿Cómo dice?
CLIENTE: A ella, decíselo, no seas cobarde.
El CLIENTE se sienta y se abstrae en la comunicación.
MOZA: ¿De qué habla?
SUPERVISOR: De nada, una pavada.
MOZA (alterada): ¡Marcos, qué te dijo ese tipo, decímelo ya!
SUPERVISOR: Del café, no sé, que la leche no estaba lo suficientemente caliente. Te distraés, Juli, estoy cansado de decírtelo, en este trabajo hay que ser cuidadoso.
MOZA: ¡Ay, cortala!
CLIENTE (al celular): Puede ser. Tranquilamente. A veces, de los nervios se le puede hacer una laguna. Pero si la tiene anotada para nosotros no cambia nada, Perro. ¿Qué es, una agenda?... (hinchado) Dale, ayudalo a buscarla.  ¡Se está estirando, querido, acabemos con esto de una vez, ponele pilas!
El SUPERVISOR se muestra afectado.
MOZA: ¿Te pasa algo?
SUPERVISOR: Nada, ¿por?
El POLICÍA vuelve. Le entrega los documentos al CLIENTE, le hace la venia, va a la barra y les hace la venia a la MOZA y al SUPERVISOR.
MOZA: ¿Y?
POLICÍA: Los datos son correctos, en principio no tendría antecedentes. Igual la averiguación completa demora entre 12 y 14 horas.
MOZA: ¿Y si ese señor está hablando con un domicilio particular, no pueden mandar una patrulla para constatar si ahí está pasando algo?
POLICÍA: Entiendo que sí.
MOZA: ¿Y qué necesita?
POLICÍA: Tendría que contar con la dirección.
MOZA: Pregúntesela.
El POLICIA, confuso, mira a uno y a otro.
SUPERVISOR: Juli, ya te dije que él no puede…
MOZA: ¡Dejá que conteste! 
POLICÍA (haciendo la venia): Tengo que consultar.
El POLICÍA se aleja de la barra y se comunica por handy a la Jefatura. Mientras habla con su superior, sin darse cuenta se va a parar muy cerca de la mesa del CLIENTE, ambos van a mantener dos comunicaciones paralelas, pero en un momento va a dar la impresión de que el CLIENTE le está dando órdenes al POLICÍA y este le responde como si fuera su jefe. En tanto en la barra el SUPERVISOR y la MOZA van a seguir discutiendo.
SUPERVISOR: Sin pruebas no le puede exigir que le de la dirección.
MOZA: ¿Vos qué sabés?
SUPERVISOR: Sí qué sé, es lo que te decía antes, hay leyes que protegen la intimidad de las personas.
MOZA: ¿Y contra el secuestro y la tortura no hay leyes?
SUPERVISOR: Sí que hay.
POLICÍA (al handy): Atento base, atento base, nuevamente el cabo primero Banegas…
CLIENTE (al celular): Y dale algo, un cortafierro, un martillo, qué sé yo, que rompa lo que tenga que romper, pero que baje con la caja. Y cuando la traiga se la plantás adelante, vas a ver cómo le viene la memoria…
POLICÍA: Acá, señor, necesitaría autorización para una averiguación de paradero… Afirmativo, señor, sucede que para ganar tiempo a mí se me ocurrió…
CLIENTE: ¡No, no y no! ¡Boludeces Perro, pensás boludeces! No se puede salir con una caja de seguridad a la calle.
POLICÍA: Comprendido, lo que pasa es que acá la señorita, que es uno de los testigos, está bastante nerviosa y  yo pensaba…
CLIENTE: Perro, grabate esto, vos no estás para pensar, okey. Te lo pido por favor: Tulio baja con la caja, el tipo les da de una buena vez esa combinación, la abren, sacan lo que hay adentro, se piran y final del asunto. ¿Es tan difícil, che?
POLICÍA: Comprendido, Señor. Ahora si me permite me gustaría intentar interrogar al sospechoso…
CLIENTE: ¿Qué parte no entendés? ¿Qué te pasa? ¡Parecés retrasado! ¿Y si te llevás una caja vacía, o llena de papel de diario, qué hacemos? ¡El tipo “te tiene que dar esa clave ahora”, punto!
POLICÍA: Tiene razón, señor, “ciudadano”. No puedo llamarlo “sospechoso” porque todavía no es sospechoso.
CLIENTE: ¡Así que mové el expediente! ¡Ya, Perro, soluciones, quiero soluciones!  Me llamás en cuanto la tengas (corta la comunicación, se toma el vaso de agua de un trago)
POLICÍA: Comprendido, señor. Muchas gracias.
El POLICÍA vuelve a la barra, le hace la venia al SUPERVISOR y a la MOZA.
POLICÍA: Me informan que hay que esperar.
MOZA: ¡Haga una cosa: dígaselo al pobre inocente al que le están cortando los dedos con una tenaza!
POLICÍA: Señorita, entiendo lo que dice y estoy de acuerdo, pero yo cumplo órdenes.
MOZA: Esas órdenes no sirven. El que se las da está encerrado en una oficina, es usted el que está acá.
POLICÍA: No puedo, disculpe (de golpe parece recordar algo) Aunque, a ver… Aguárdeme porque por ahí se puede intentar....
El POLICÍA se aleja unos pasos de la barra, se da vueltas y ocultándolo con el cuerpo extrae de un bolsillo un manual de instrucciones de aspecto similar al que tienen en el bar y lo consulta. El SUPERVISOR, intrigado, mira por sobre su hombro.
SUPERVISOR (a la MOZA): ¡Mirá, tiene un instructivo igual al nuestro!
La MOZA se agarra la cabeza sin poder creerlo.
MOZA: ¡Perfecto!
El POLICÍA lo hojea, lee aquí y allá en silencio.
SUPERVISOR (saliéndose de la vaina): Busque en “precauciones de seguridad”
POLICÍA (gira sorprendido): ¿Perdón?
SUPERVISOR (sacando el instructivo del bar de atrás de la barra): Tenemos uno igual. Son excelentes. Ella no lo quiere creer, pero contemplan todas las posibilidades de conflicto. Me lo permite.
El POLICÍA le da su instructivo y el SUPERVISOR los apoya en la barra y los
compara.
SUPERVISOR: El diseño de tapa y la calidad de papel son los mismos, evidentemente los debe hacer la misma editorial.
La MOZA está a punto de estallar. Al CLIENTE le vuelve a sonar el celular y atiende.
CLIENTE (al celular, sacado): ¡QUE LO RECONTRACAGUE BIEN A TROMPADAS, QUE LE DESTROCE LA CARA, PERRO! EL TIPO ESE LOS ESTÁ BARDEANDO! ¡Y A VOS NO PUEDE SER QUE LA COSA SE TE VAYA ASÍ DE LAS MANOS!
MOZA (descontrolada): ¿Y? ¿PIENSAN SEGUIR MUCHO MÁS CON ESA ESTUPIDEZ? (al POLICÍA) ¿USTED NO VA A HACER NADA? ¡SEPA QUE SI MATAN A ESE INOCENTE USTED VA A SER EL RESPONSABLE, YO MISMA LO VOY A ACUSAR!
El POLICÍA parece reaccionar, guarda el instructivo, camina, respira fuerte, relaja los brazos dándose ánimos
POLICÍA: ¡Okey, okey!...
MOZA: ¡Anímese! Créame que si detienen a esa bestia y liberan a la persona que tiene secuestrada está haciendo lo correcto.
El POLICÍA vuelve a consultar el instructivo, habla consigo mismo, agitadísimo, repasa como si fuera una lección.
POLICÍA: ¡Correcto! Vayamos por orden…
SUPERVISOR (en voz baja a la MOZA): No va a poder. Debe ser su primera detención, mirá cómo le tiembla todo el cuerpo.
MOZA: ¡Callate, Marcos!
POLICÍA: Primero, tengo que pedir el móvil (se saca la gorra, se seca la transpiración de la frente, respira fuerte por la boca antes de utilizar el handy) Atento Base, atento Base, aquí cabo primero Larrosa, masculino sospechoso de privación de la libertad, necesito móvil en Viamonte y Maipú. Repito, masculino sospechoso de privación de la libertad, necesito móvil en Viamonte y Maipú (guarda el handy, de golpe se marea, se apoya con ambas manos en la barra y baja la cabeza)
SUPERVISOR: ¿Se siente bien?
POLICÍA:
Sí, sí. Es que normalmente soy de presión baja.
SUPERVISOR: Abrile una cocacola, Juli.
MOZA (atónita): ¡Si lo cuento, esto no lo cree nadie!
La MOZA abre una cocacola y le sirve un vaso, el POLICÍA toma con fruición. SUPERVISOR: ¿Y, mejora?
POLICÍA: Ya estoy bien.
Haciendo la venia, finalmente va hacia el CLIENTE.
CLIENTE (al celular): ¡Por fin, querido! Ves como poniéndole un poco de onda la cosa sale…. Sí, se acordó de repente, siempre hacen lo mismo. Ahora escuchame, Perro, por favor: contá cuanto hay…
POLICÍA (tragando saliva, carraspea): Señor, l-lo molesto nuevamente. Quiero informarle que va a tener que acompañarme hasta la Seccional.
El CLIENTE abstraído en la conversación, apenas lo mira.
CLIENTE (al celular): ¡Excelente! Eso, por favor, guardalo vos... Ajá…
POLICÍA (vuelve a tragar saliva): Para dicho trámite, nuevamente, si no es molestia, voy a tener que colocarle las esposas.
CLIENTE (al celular): Le decís a Tulio que vaya recogiendo, pero que antes vaya al primer piso a verificar que no quede nada…
El CLIENTE se sostiene el celular con el hombro y le ofrece las muñecas. El POLICIA, desconcertado, mira al SUPERVISOR y a la MOZA. La MOZA por gestos lo conmina a que proceda a ponerle las esposas. El POLICIA lo esposa.

CLIENTE (al celular): ¿No armaron mucho quilombo no?.... Ajá… Bien. Subí la persiana que da a la calle y pispeá el ambiente…
POLICÍA: Perdón, pero también va a tener que interrumpir la comunicación telefónica.
CLIENTE (al POLICIA): Un segundo (al celular) Escuchame, acá me dicen que tengo que cortar. ¿Ahí entonces ya pueden seguir?... Controlá que esté bien amordazado, miran bien antes de salir y se retiran por la puerta principal. ¿Me escuchaste? Repetí… Correcto… Nos encontramos, claro que nos encontramos, yo te confirmo… No, que yo te confirmo… Es que no lo sé, Perro. Acá me surgió un tema con un agente de tránsito. A ver, aguántame que averiguo (al POLICÍA) Me preguntan cuándo voy a estar disponible.
POLICÍA: No sabría informarle, señor.
CLIENTE: ¿Aproximadamente?
POLICÍA: Y, déjeme ver… (hace cuentas) averiguación de antecedentes son entre doce y catorce horas, después si se inicia causa, para llegar a declaración indagatoria… si no es excarcelable unos ocho, diez días… Aproximadamente unos ocho, diez día, señor.
CLIENTE (al celular): Me dicen unos ocho o diez días… ¿CHISTE? ¿CÓMO CHISTE?
A partir de aquí en el CLIENTE se va a operar una trasformación. Por primera vez va a manifestar físicamente toda la violencia que representa, en un in crescendo de gestos, movimientos, insultos y amenazas que, aunque dirigidas a su secuaz, el resto de los personajes van a percibir como direccionadas a ellos.
CLIENTE: ¿DIJISTE CHISTE? ¿DECIME, “NEGRO CABEZA” DE MIERDA, TE PARECE QUE TODO ESTE TIEMPO ESTUVE HACIENDO CHISTES? ¿QUÉ TENGO TIEMPO PARA CHISTES? ¿ME ESTÁS BARDEANDO? (se suelta de un tirón del policía que lo sostenía de un brazo) ¡NO SEÑOR, AHORA HABLO YO Y VOS CERRÁS EL CULO DE VILLERO ESE QUE TENÉS! ¿QUÉ PASA? ¿SOS CANCHERO? ¿TE HACÉS EL PILLO? ¿VOS SABÉS CON QUIÉN ESTÁS HABLANDO? ¡PEDAZO DE SORETE!
El CLIENTE, esposado y con el celular sostenido con el hombro, camina por la escena totalmente sacado, el POLICÍA desenfunda el arma, de los nervios se le cae al piso, la MOZA se acerca y se la alcanza, el SUPERVISOR se protege tras el mostrador.
CLIENTE: ¡TE VOY A HACER MIERDA! ¿ME ESCUCHASTE? ¡A VOS Y AL OTRO FALOPERO, LES VOY A TRITURAR LA CABEZA CON UNA MORSA! ¡A MÍ NADIE ME HABLA ASÍ! MENOS UN CABEZA, SIDOSO, NEGRO DE MIERDA COMO VOS. ¿QUIÉN TE SACÓ DE BATÁN, EH? ¿QUIÉN TE PUSO A LABURAR? ¡SARNOSO! ¡PULGUIENTO! ¡LACRA MALAGRADECIDA!
Se escucha la sirena de un patrullero que llega. El POLICÍA consigue dominar al CLIENTE, lo pone boca abajo en el suelo y lo inmoviliza con la ayuda de la MOZA.
CLIENTE (contorsionándose, al celular caído a su lado): ¡TE VOY A REVENTAR! ¿ME ESCUCHASTE? ¡TE VOY A SACAR LOS OJOS!
POLICÍA: ¡Por favor, señor!
CLIENTE: ¡MUERTO DE HAMBRE! ¡MARICÓN!
El POLICÍA lo ayuda a ponerse de pie, levanta el celular y se lo guarda en un bolsillo. Van saliendo.
CLIENTE (al POLICÍA): ¡Disculpame! ¡No se puede creer lo desagradecida que es esta gente!
Ambos salen. Pausa. El SUPERVISOR sale de atrás de la barra, levanta la silla caída, vuelve a la barra, limpia. La MOZA lo mira furiosa, el SUPERVISOR, avergonzado, no acusa recibo. Afuera de golpe se escuchan disparos y gritos de alto, la MOZA corre hasta la puerta y se asoma.
MOZA: ¡Marcos, mirá, desarmó a un policía, el tipo va a escapar!
Hay más disparos. El SUPERVISOR de golpe parece descubrir algo, mira hacia la mesa, hacia la barra, la mira a la MOZA.
MOZA: ¿Qué pasa?
El SUPERVISOR sale disparado hacia la calle.
MOZA: ¡MARCOS, PARÁ, ADÓNDE VAS! ¡MARCOS!...
Se escuchan más gritos, disparos, segundos después entra el POLICÍA arrastrando al SUPERVISOR herido.
POLICÍA: ¡Ayúdeme!
MOZA: ¿Qué pasó?
POLICIA: N-no sé. Traté de detenerlo, pero corrió como un loco.
MOZA: ¿Pero está herido, lo balearon?
POLICÍA: Sí, se cruzó en la línea de fuego y se le fue encima. Sosténgalo, por favor, que voy a pedir una ambulancia (al handy) Atento, atento, base, herido de bala, Maipú esquina Viamonte. Herido de bala Maipú esquina Viamonte…
EL POLICÍA corre hacia la calle. El SUPERVISOR queda en brazos de la MOZA, en el centro de la escena. Las heridas son graves, agoniza, le sale sangre por la boca y se ahoga.
MOZA: ¿Qué hiciste, Marcos? ¡Vos estás totalmente loco!
SUPERVISOR: J-juli…
MOZA: No tiene sentido. ¿Por qué saliste así?
El SUPERVISOR abre una mano, donde muestra unos billetes arrugados, se los ofrece.
SUPERVISOR: N-no le habías cobrado, Juli.
MOZA: ¿Qué?
SUPERVISOR: Q-que n-no le habías cobrado, s-se iba sin pagar.
MOZA (llora): ¡Bueno, ahora no hables!
SUPERVISOR: Hice bien ¿no? (lloriquea, se ahoga, tose)
MOZA: Hiciste bien. Pero no hables que te hace mal. Ya viene la ambulancia.
SUPERVISOR: No soy un cobarde, ¿viste? Yo l-le pude cobrar.
MOZA: Lo que hiciste fue una locura.
SUPERVISOR: J-juli…
MOZA: No hables, Marcos (llora)
SUPERVISOR: Vos t-tenías razón. El tipo ese… Es que yo no quería…
MOZA: Ya sé, pero no hables
SUPERVISOR: Perdoname... Pero en realidad quiero decirte o-otra cosa…, a vos n-no te importa el trabajo, s-sos una empleada pésima (le sale más sangre de la boca, se ahoga) Pero yo…y-yo…
MOZA: Ya lo sé, Marcos.
SUPERVISOR: ¿Lo sabés?
MOZA: Sí, pero ahora tranquilizate, no tenés que hablar.
SUPERVIROS: Y… y ¿e-entonces?
MOZA: ¿Entonces qué?
SUPERVISOR: ¿C-cuál es la respuesta? ¿M-me estás diciendo que sí?
MOZA (llora): Sí, te estoy diciendo que sí.
SUPERVISOR: Eso es muy bueno, Juli, es muy b-bueno… Juli, ¿t-te puedo dar un…?
MOZA: Sí.
SUPERVISOR (levanta la cabeza, apoya con debilidad sus labios en los de la MOZA): Q-quiere decir que ahora vos y y-yo estamos… es-estamos…
El POLICÍA entra corriendo en momentos en que el SUPERVISOR muere.
APAGÓN

ESCENA 2
Cuando vuelve la luz transcurrieron unos seis meses, la MOZA está otra vez tras la barra como al principio, se escucha el trajín de la calle, la MOZA limpia la vajilla, pasa la rejilla al mostrador, gira y acomoda algo de espaldas, canturrea. Entra el CLIENTE hablando por celular, lleva lentes y una barba postiza, va hasta la barra.
CLIENTE (al celular): Dale, dale, hacé, que te espero (a la MOZA, sacándose los lentes) ¿Cómo estás, linda?
La MOZA gira de golpe soltando un plato que se estrella contra el piso, al mismo tiempo que el CLIENTE gira a su vez poniéndose de frente a la escena.
CLIENTE (al celular): ¿Está sangrando? Y está sangrando, ¿cuál es?
APAGÓN


jueves, 30 de marzo de 2017

Mala leche

-          Uno de esos  –se escuchó.  Con  voz ahogada, el hombrón señalaba hacia uno de los maniquíes que estaban junto a la puerta.
La empleada de la tienda pestañeó:
-          ¿Un soutien? ¿Usted busca un soutien?
Santos “El Tuerto” Comesaña se sacó el sombrero, lo sostuvo nerviosamente con la punta de unos dedos gruesos, de uñas percudidas, y movió la cabeza.
-          Sí, cómo no. Dígame, ¿de qué talla? ¿Es para regalo?
Comesaña era un tipo estoico, habituado a la adversidad, sin embargo desde que había entrado a la tienda transpiraba como un pollo al spiedo. Mirando a los costados para constatar que las clientas que revolvían en la mesa de saldos no vieran lo que iba a hacer, aproximó el torso al mostrador y se abrió el saco. Bajo la camisa blanca, la empleada pudo apreciar la turgencia incuestionable de los dos senos femeninos.
-          ¡Ah, comprendo! –dijo la mujer y prosiguió bajando la voz: – No se preocupe por nada, hoy ya vendí seis a caballeros tan varoniles como usted.
¡Que no se preocupara por nada, qué fácil era decirlo!, trepidó de indignación. Hacía treinta años que trabajaba en el peor sector del puerto, a fuerza de astucia y brutalidad había logrado asomar la cabeza entre una mersa mitad bestias de carga, mitad delincuentes. ¿Seguro que no debía preocuparse? ¿Aquella mujercita iba a explicarle a él cómo manejar esa situación? Una respuesta soez le subió a la garganta, pero se contuvo.
La pesadilla había arrancado esa misma mañana cuando el Tuerto se levantó. Luego de afeitarse y cambiarse, se bebió a la carrera el mate cocido con leche en la cocina de la pensión y quince minutos más tarde, en viaje hacia la dársena, escuchó la noticia en la radio del ómnibus: las autoridades de salubridad advertían a la población que un compuesto en mal estado en la leche entera “La Martita” estaba provocando una rara mutación en la población masculina. 
Santos Comesaña no era un tipo de suerte, la pérdida del ojo izquierdo en una disputa absurda se lo recordaba a diario, sabía que la patrona compraba leche entera “La Martita” para los pensionistas, él había tomado su habitual tasa de mate cocido con leche, así que las cartas estaban echadas.

El primer síntoma lo experimentó alrededor de las diez de la mañana, un hormigueo violento, como si la sangre de todo el cuerpo se le hubiese puesto a hervir, seguido de un sudor frío en la espalda. Al entrar en la garita de vigilancia el Chino, su joven compañero de turno, le hizo notar que caminaba raro.
-          ¿Qué pelotudez estás diciendo vos? ¿Cómo raro?  –reaccionó él, ya con la certeza de que lo que hubiese notado de extraño el muchacho estaba relacionado con esa maldita leche.
-          No sabría precisarle. Raro, Don  Comesaña –se atropelló el Chino con expresión turbada.
Apenas una hora después, Comesaña descubrió lo que había advertido su compañero: los zapatos de golpe le bailaban, los pies se le habían reducido por lo menos dos números y al caminar debía hacer un esfuerzo enorme para no contonearse como esas mocosas que paseaban por calle Florida. Antes del mediodía ya habían comenzado a crecerle los senos.
A Santos Comesaña le gustaba trabajar cómodo, cuando el sol comenzaba a pegar fuerte y recalentaba el asfalto del playón de ingreso se lo veía ir de un lado a otro en mangas de camisa, dando órdenes, transpirando y carajeando en explosiva algarabía; los que lo conocían esta vez lo notaron parco, reconcentrado, y –algo que causó extrañeza- por nada del mundo quería desabotonarse el saco.
Pasadas las doce salieron sucesivamente tres contenedores con frutas secas provenientes de República Dominicana, dos con abanicos y muñecos de tela con origen en Taiwán, e ingresó un embarque de aceite de oliva de San Rafael con destino al puerto de Hamburgo.
El vigilador supervisaba la entrada y salida de los camiones con su habitual solvencia sin embargo, al moverse, los dos senos eran una presencia anómala que le sacaban concentración y lo llenaban de fastidio. Pasadas las dos tuvo un cruce de palabras con el Turco Matta. El Turco, uno de los choferes más antiguos, era un tipo de cuidado, a partir de una cuestión turbia por un faltante en un embarque de gomina para el cabello habían discutido, apelando a su autoridad el Tuerto le había propinado un par de sopapos, y el otro estaba esperando que cometiera el mínimo error para exponerlo.
Alrededor de las tres la tarde la paciencia del Santos Comesaña había llegado a un punto de no retorno. El vaivén de caderas con un poco de buena voluntad podía controlarse, en cambio los senos habían tomado una dimensión tal que, por más que se encorvara y metiese el tórax para adentro ya se adivinaban bajo el saco abotonado. Para colmo de males, cuando daba alguna orden a los camiones la voz se le aflautaba en un falsete que por más que tosiera y simulara un catarro era imposible de justificar.
-          Así un hombre honrado no puede trabajar –lo escuchó mascullar entre dientes el Chino.
El jefe de seguridad pretextó una diligencia a las oficinas de la Aduana, dejó al muchacho a cargo de la garita y a paso rápido salió de la dársena y se tomó el primer ómnibus de regreso. Se bajó a unas diez cuadras de la pensión para evitar encuentros indeseados y cuando reconoció el escaparate de la tienda entró.
La empleada ahora le alcanzaba el paquetito con el corpiño. El Tuerto lo agarró y se lo introdujo velozmente en un bolsillo. La operación, a su juicio, no había despertado sospechas.
-          Esperemos que se solucione  –dijo la mujer volviendo a bajar la voz.  Comesaña se tocó el ala del sombrero con expresión gélida y salió a la calle.
Decidió recluirse en la pieza del pensionado para sopesar con tranquilidad la situación. Ya en el cuarto apagó la luz y se tiró a fumar en la cama. Más que indignado, lo aturdía el desconcierto, ¿cómo podía un hombre de cincuenta años, ya hecho como él, terminar convertido en hembra? Pensó en Albertito, el hijo de su hermana la Delia. El pobre chico era manfloro, tenía ese defecto de nacimiento, le robaba la ropa a la madre, se depilaba las cejas. Pero Albertito quería ser una mujer, en cambio, ¿en qué categoría entraba lo suyo? ¿Había sido víctima de un capricho del destino? ¿De un accidente? ¿Dónde tenían la cabeza los fabricantes de esa podrida leche para provocar semejante desbarajuste? Demasiadas preguntas –se dijo- y él no tenía ni tiempo ni ganas para filosofías, era un hombre de acción y, sobre todo,  “¡necesitaba seguir siendo hombre, carajo!”
Esa noche, a la hora de la cena no se lo vio por la cocina, se quedó en el cuarto mordisqueando sin ganas unos bizcochos de grasa y se tomó media botella de grapa mientras escuchaba la radio: los informativos no aportaban demasiadas novedades, en las puertas de la empresa láctea se había reunido una manifestación con los familiares de los intoxicados. “Esas cosas no sirven para nada”, pensó. Las peripecias de una vida de sacrificios reafirmaban a Comesaña en un hosco escepticismo: “Los ricos y los poderosos están para dar las órdenes, los laburantes como él para bajar la cabeza y obedecer”.
Recién pudo conciliar el sueño de madrugada. Durmió mal, soñó con el Turco Matta. Estaban en el playón de descarga frente a frente. Presagiando pelea, el personal había formado un corro en torno ellos. El Turco llevaba algo en una mano y se lo extendía: 
-          Che, Tuerto, te traje un obsequio –decía, alzando la voz, con tono zumbón.
Comesaña agarraba el paquete, lo abría con desconfianza, era una cajita musical, levantaba la tapa y una bailarina diminuta vestida con un toutou rosa se incorporaba y se ponía a dar graciosos giros. Notó que entre los curiosos se forzaban algunas toses para evitar la risa. El desafío estaba echado. Dejó caer la cajita a un costado y dando un paso atrás sacó el cuchillo de la cintura. Comenzaron a medirse, girando, agazapados, haciendo rápidos amagues. Santos Comesaña debía agudizar la atención porque el chofer tenía fama de diestro con la navaja. De golpe, de la manera irracional con que suceden las cosas en los sueños, el Tuerto se sorprendía ataviado con la pollerita, las medias can can y las zapatillas con puntera de la bailarina, dejaba caer el cuchillo y elevando las manos por sobre la cabeza comenzaba a practicar giros sobre sí mismo. El  personal completo de la dársena estallaba en una sonora carcajada. El Turco Matta, desparramado en el piso y sosteniéndose la barriga con ambas manos le decía algo que él no alcanzaba escuchar. Cuando conseguía detener el bailoteo Comesaña corría hacia la avenida para subirse al primer ómnibus que los sacase de aquel lugar, que lo excluyese del  oprobio.
A la mañana siguiente, muy temprano, cuando el portuario se introdujo en el baño y se miró al espejo, el impacto fue mayúsculo: dos largos bucles de cabello ceniciento le enmarcaban el rostro y caían casi hasta tocar los hombros. Las facciones otrora duras y angulosas se le habían rellenado y poblado de mohines y gestos de una inédita delicadeza. Los hombros anchos y poderosos habían desaparecido, en su reemplazo menudeaban formas regordetas en brazos, en caderas y, por supuesto, en las dos macizas ubres de mujer. Desnudo y tembloroso, estuvo estudiándose largo rato sin dar crédito a lo que veía: salvo por el costurón que le cerraba el párpado derecho se notó un parecido notable con su hermana Elsa. Del ojo habilitado saltaron lágrimas ardientes y, por fin, Santos el Tuerto Comesaña lloró de amarga impotencia.
La situación era improcedente por donde la mirase, Comesaña era un tipo de otra época, solterón empedernido, nunca había sentido demasiado respeto por el sexo débil, lo juzgaba como una herramienta o para brindar compañía, o para satisfacer una necesidad física. Pero ahora la realidad lo tenía arrinconado en aquel excusado, mutando por una causa fortuita en aquello que menospreciaba y, por lo tanto, que desconocía y temía.
Superado el impacto inicial, estuvo largo rato husmeando que no hubiera movimientos en el pasillo, luego salió y se refugió en el cuarto. ¿En esas condiciones podía ir al puerto? Imposible. Con cuidado extremo volvió al pasillo y utilizó el teléfono común para hablar con la garita de vigilancia. Dio con el Chino, agravando la voz le pidió que cuando terminase el turno fuese a verlo, que le tenía un encargue.
Cuando el muchacho se presentó en la pensión, subió al primer piso y Santos Comesaña le abrió la puerta de la pieza, se quedó boquiabierto.
-          Es esa mala leche –dijo él con sequedad.
Aunque en pantalón pijama y camiseta, Comesaña había tenido la delicadeza de atarse las crenchas de su ahora aleonada cabellera con una colita y de ponerse el corpiño.
-          Escuchame, Chino, en algún momento voy a tener que salir de esta pieza así que tenés que conseguirme ropa.
Sin decir más le anotó la dirección donde había comprado el portasenos y le dio dinero. El otro fue hasta la tienda y volvió con tres vestidos, una blusa, dos polleras tableadas y dos pares de sandalias del cuarenta y tres. Luego el chico se ofreció a ir hasta la cocina a traer la pava con agua, Comesaña sirvió un plato con galletitas y compartieron unos mates.
El Chino lo puso al tanto de las novedades de la dársena, el entrerriano, uno de los operadores más antiguos de la grúa, también había resultado intoxicado. El Turco Matta hizo correr la voz de que lo había visto bajarse de la grúa y escapar del puerto emitiendo gemiditos y zarandeándose como una bataclana. Se rieron con ganas imaginando la escena, ya que el entrerriano era un hombrón entrado en carnes bastante mal arreado. La charla animó a Santos Comesaña y le obsequió unos minutos de distracción.
El día siguiente era sábado, sin embargo el Chino volvió a visitarlo. “Aunque algo atolondrado –pensaba el Tuerto- su segundo era un buen chico. Muy a su pesar, debía reconocer que le estaba tomando cariño”. Traía como novedad algo que no dejaban de repetir por la radio y, por lo tanto, que él sabía de sobra: la partida de leche había sido retirada del mercado, los médicos habían conseguido identificar el compuesto responsable de la intoxicación, aunque todavía no se encontraba el antídoto para revertir sus consecuencias. Visto que la cosa tendía a dilatarse y echando mano a sus influencias en la oficina de personal, Comesaña decidió pedir una licencia hasta tanto se fuese aclarando aquella historia.
Transcurrió la semana, encerrado en la pieza el Tuerto ora se condolía de su triste destino, ora era poseído por una furia violenta que buscaba infructuosamente algo o alguien en quién descargarse. Se mantenía al tanto de las novedades en la dársena a partir de lo que le trasmitía el Chino por teléfono, o de lo que le contaba cuando iba a verlo luego de cumplir con su turno. Pero el domingo siguiente, los acontecimientos tomaron un giro inesperado cuando el muchacho se apareció por la pensión con un ramo de flores.
Aunque difícil de sopesar en su real magnitud, hay que comprender que la interioridad del portuario estaba atravesando por un momento complejo: junto con los cambios físicos su sensibilidad, en tránsito de acomodamiento, era bombardeada por un millar de emociones nunca antes experimentadas. Así, detalles tontos, como un valsecito criollo escuchado por la radio, o los malvones florecidos de una maseta del pasillo, de repente y sin motivo aparente le provocaban un nudo en la garganta y hacían que el ojo sano se le llenase de lágrimas. O de golpe sentía el impulso irrefrenable de cantar y reír a los gritos, algo en otros tiempos inconcebible y lo más alejado de su carácter. ¿Debía aceptar aquella novedad o reprimirla?  ¿Seguía siendo Santos el Tuerto Comesaña, o estaba naciendo en él otro ser?
En cuanto a las emociones que lo unían al muchacho, la confusión obviamente no iba a la zaga. ¿Cómo se da el tránsito de un sentimiento varonil a otro que no lo es tanto? ¿Qué es lo que se trastoca? Un atardecer de sábado, en que el Chino y él habían estado escuchando los partidos del ascenso, al ver volver al chico con la pava de agua proveniente de la cocina, el portuario supo que estaba enamorado.
El Tuerto Comesaña y el Chino se casaron un cinco de enero del año siguiente, fue una ceremonia discreta y, lógicamente, sin valor legal,  ya que corría el año 1967 y en el país una legislación sobre el casamiento entre personas del mismo sexo todavía era impensable. El responsable de desposarlos fue el hijo de su hermana Elsa, que habiendo postergado sus propios planes para transformarse en mujer, se había puesto a estudiar de cura.
Comesaña pidió la jubilación anticipada en el puerto y comenzó a coser para afuera. Un año más tarde su mutación física ya era completa; la pareja, entonces, decidió agrandar la familia. Consultaron a un obstetra con la idea de tener un hijo, pero había riesgos, el Tuerto ya era muy mayor para quedar embarazado, así que terminaron por adoptar una nena, a la que llamaron Marta en homenaje a la leche entera “La Martita”, responsable de toda aquella historia.

El problema de la mala leche tuvo solución, las autoridades sanitarias reaccionaron con relativa prontitud, de allí en más se reemplazo el conservante responsable de la intoxicación y la empresa indemnizó a los afectados; sin embargo aquella partida del año 1966 cambió para siempre la vida de unos trescientos cincuenta varones adultos de la Ciudad de Buenos Aires, hombres de edades, ocupaciones y estratos sociales diversos, que como Santos Comesaña debieron elaborar un cambio en sus vidas, adaptarse y –con mejor o peor fortuna- continuar con sus existencias. Qué otro remedio.

jueves, 9 de febrero de 2017

La mano del Luis

Sentados en el café, junto a la vidriera, están el Gordo Héctor, el Bobina, Mario y el Colorado. El Bobina hojea un suplemento deportivo.

MARIO: Fue este el que lo vio.

COLORADO: ¿Sí?

GORDO: Sí. Salió del “telo” con una vieja.

COLORADO: ¿Con una vieja? ¿Cómo con una vieja?

BOBINA (asomando la cabeza del diario): Una vieja: rodete, agujas de tejer, bizcochuelo para los nietos. ¿No sabés lo que es una vieja?

COLORADO: ¿Al Luis? ¡No puede ser!

GORDO: ¿Voy a joder con algo así?

COLORADO: No, no, claro. ¡Pero q
ué bárbaro, che! Justo él que siempre tuvo las minas que quiso.

MARIO: En eso estoy de acuerdo, es raro.

BOBINA: ¿Qué tiene de raro? Uno se pone grande, va perdiendo el levante.

COLORADO: Sí, es raro. Por ahí fue por lo del accidente, por ahí le movió algo de la sesera.

BOBINA: ¿Qué accidente?

MARIO: ¿No sabés lo del accidente?

BOBINA: No tengo idea, además el nabo este es amigo de ustedes.

GORDO: ¡No seas jodido!

MARIO: Según se dijo, fue una cosa totalmente pelotuda: el Luis que viene con el taxi por Alem, tranqui, escuchando un caset de Arjona o del César “Banana” Pueyrredón, cuando a la altura del Correo se roza con un interno de la línea 152 que venía pasando a otro. Justo con la mala leche que en ese momento el Luis iba con el brazo afuera de la ventanilla tomando el fresco.

BOBINA: ¿Y?

MARIO: Y que el bondi le llevó mano, anillo, reloj, pulsera con las iniciales, todo. Estuvo internado como un mes y por lo de la mano terminaron haciéndole un implante.

BOBINA: ¿Un implante?

COLORADO: La mano de otro chabón. Tal cual. Yo fui a verlo. ¡De no creer! La habitación propiamente era un desfile de minas.

GORDO: ¡Qué jugador, el Luis!

MARIO: Un maestro.

BOBINA (descreído): ¡Déjense de joder!

COLORADO: Hablando de Roma, ahí viene. Che, no lo jodan mucho. Que se sienta cómodo.

MARIO (festivo): ¡Mirá quién viene acá!

GORDO: ¡Luisito querido!

Todos se incorporan menos el BOBINA. Entra LUIS, camisa con el cuello abierto, campera de gamuza arremangada, rostro tostado, pelo escaso pero batido. Se aproxima a la mesa. Tiene la mano en cuestión metida en un bolsillo.


LUIS: ¡Qué dice la gilada!

GORDO: ¿Cómo anda ese sex symbol?

LUIS: Mejor imposible.

MARIO: ¿Qué tomás? ¿Lo de siempre? (al mozo) Gonzalo, traete un fernet con cola con mucho limón para el amigo.

LUIS se sienta, por unos segundos todos se miran en silencio.

GORDO: Y bueno, dale, mostrala.

Con gestos medidos, LUIS saca la mano del bolsillo y la apoya delicadamente sobre la mesa.

COLORADO: Impresiona.

MARIO: ¿Y vos decís que es de otro chabón?

LUIS: Así es.

COLORADO: ¿Y no te da asco morderte las uñas?

GORDO: Jaja. ¡No jodás, Colorado!

Bobina aparta el suplemento deportivo.

BOBINA: Che Luis, cambiando de tema, ¿es verdad que le estás dando para que tenga a una de ochenta?

LUIS (tocado): ¡Avisá, che, de dónde sacaste eso!

MARIO: No le des bola.

LUIS: ¡Nada que ver!

BOBINA: ¿Nada que ver? Cómo nada que ver si acá el amigo Héctor te vio salir del “telo”.

LUIS: Te repito, nada que ver (se hace un silencio incómodo) Esa es otra historia.

COLORADO: ¡Y contá, contá!

LUIS: Tal vez en otra ocasión, Colorado.

GORDO: ¡Dale, che, no te hagas rogar!

LUIS mantiene unos segundos la vista perdida en la acera de enfrente y se vuelve hacia sus amigos.  

LUIS: Pero les pido reserva.

COLORADO: ¡Olvidate!

El COLORADO da vuelta la silla y se monta sobre ella con el respaldo hacia adelante. Todos se aprietan  en torno a la mesa.

LUIS: Después del accidente tuve algunos problemas, digamos, de adaptación. Fue al mes del implante, como no sentía molestias y la herida en la muñeca había cicatrizado, el médico me dijo que podía volver al taxi.

COLORADO: ¿Tan pronto?

LUIS: Efectivamente. El primer día fue como cualquier otro, podía agarrar el volante, acomodar el espejo, mover la palanca de la luz de giro, todo lo más  bien. Al siguiente,  vengo por Av. de Mayo, altura Tacuarí, cuando sube un viejo, de golpe siento un hormigueo, la mano que se suelta del volante, se mueve hacia el asiento de atrás y le palmea la pelada al tipo.

GORDO:
¡A la mierda!

BOBINA: Juá, juá. ¡Déjense de joder!

LUIS (reaccionando): ¡Si se me van a cagar de risa me paro y me voy!

COLORADO: ¡No le hagás caso a éste, vos seguí!

Luis se acomoda en la silla y mira a MARIO como buscando un sostén.

LUIS: Ubicate en la situación, Marito, el viejo que me ojea como para comerme y yo que no sé qué carajo hacer. Para zafar empecé a decir disparates, cosas de trastornado, el tipo se bajó a las dos cuadras despavorido. Esa mañana no pasó nada más, hasta que a media tarde la mano que sale por la ventanilla y saluda a una mina que iba con un changuito de las compras. Me dije: “Luis, acá algo no está funcionando” Así que me vuelvo a la clínica, hablo con el cirujano que me había operado: No  se haga problemas –me dice el tipo- lo que a usted le ocurre es muy normal. ¿Cómo va a ser normal andar saludando a gente desconocida por la calle, doctor? -le digo. Es que precisamente no es gente desconocida –me contesta el tipo.

COLORADO: ¡Que hijo de puta! ¡Los médicos son unos turros, es creer o reventar!

GORDO: Para mí que te estaba cargando.

LUIS: L
o mismo pensé yo, Gordo. Mi problema es muy serio como para que encima se ponga a tomarme el pelo, doctor, le digo. Déjeme explicarle –me dice el tipo- ocurre que muchas veces los miembros que nosotros trasplantamos tienen recuerdos, sienten nostalgia de su vida anterior...

GORDO: Pará, pará. “De su vida anterior”¡Ya está!: el viejo del taxi y la mina del changuito, venían a ser conocidos del dueño original de tu mano.

LUIS: Exacto.

Pausa, quedan en silencio como sopesando lo que el GORDO acaba de descubrir.

LUIS: Se imaginarán que quedé aturdido. ¿Pero entonces qué tengo que hacer? -le pregunto.
Por ahora nada –me dice el médico- si su mano extraña no es bueno contrariarla porque puede sufrir un rechazo y tendríamos que amputársela.

MARIO: ¡Qué situación complicada!

COLORADO: La verdad. ¡Situación de mierda!

El BOBINA corre ruidosamente la silla y con gesto escéptico mete otra vez la cara en el suplemento deportivo.

LUIS:
Y... me quedé preocupado, Marito, no te voy a engañar. Un sábado a la tarde me empilcho, cazo un ramo de flores y me voy a visitar a una mina que tengo por Colegiales, y resulta que la mina esta no se encuentra. Me había dejado un papelito diciendo que estaba en lo de la pedicura. Entonces me cruzo a la plaza de enfrente a esperarla sentado en un banco. Ni bien me apoyo en el banco la mano que se pone como loca, cómo explicarlo: era un hormigueo mucho más fuerte que las veces anteriores, y en ese momento la veo a la mujer sentada en el banco.

MARIO: ¿Qué mujer?

LUIS: Martirio Barrile viuda de Crocco.

COLORADO: ¿Quién?

GORDO: ¿La vieja del “telo”?

LUIS: Exacto, la vieja del “telo”.
Buenas -me dice. Pero, de golpe yo noto que la anciana esta me mira con una expresión rara, como de desconfianza: en el mismo momento, les juro que fue una fracción de segundo, la mano que se mueve como un periscopio, parece otear el aire y con la velocidad de un refucilo vuela y se le prende a la teta derecha.

MARIO: ¡Noooo!

COLORADO: ¡Qué decís, animal!

GORDO: ¡Vos no tenés perdón de Dios! ¡Cómo vas a hacer una cosa así!

LUIS (hinchado): ¡Me van a dejar hablar o no me van a dejar hablar!

COLORADO: No, dale, seguí.

LUIS: Entonces la vieja esta que se para de un salto y es como que empezamos a forcejear, mientras yo trato de explicarle lo del implante
, la mano que no le suelta la teta. Pensé: ahora me surte, me encaja un bollo, se pone a armar quilombo y termino en cana.

COLORADO:
No era para menos, le estabas manoteando un órgano sexual.

LUIS: Pero no va que la vieja esta alza la cartera y desaparece. A partir de ahí les juro que  quedé como estúpido, estuve sentado en esa plaza como seis horas: ni fui a lo de la mina, ni volví a mi casa. La mano, mientras tanto no paraba de hormiguearme. ¿Me estaré volviendo loco?, pensaba. Y me dije que tenía que volver a ver a esta vieja, no sé, tenía que hablar con ella, sentía como un pálpito.

LUIS
hace otra pausa, el COLORADO baja una mirada indignada sobre la mano, apoyada inocentemente sobre la mesa.

COLORADO:
¡Qué mano de mierda!

LUIS: En ella no hay culpa, Colorado, en todo caso si hay un responsable ese es el progreso irreversible de la ciencia.

GORDO (exaltado): Tal cuál, el progreso irreversible de la ciencia, que avanza sin tener en cuenta al ser humano. Fijate sino lo que me está pasando a mí con las pastillas para adelgazar.

MARIO: Pará Gordo, que vuelva a la historia. ¿Y? ¿Volvieron a verse?  

LUIS:
Volví a esa plaza durante dos semanas seguidas. Te juro que cada vez que me acercaba al banco, la mano cambiaba de personalidad, se ponía como loca. Y un jueves por la tarde la encontré. Siéntese -me dice la vieja, no parecía nerviosa ni asustada y yo pensé: antes que nada tengo que disculparme: Mire, doña... –empecé. No es necesario –me corta.

El BOBINA, rojo de rabia, cierra aparatosamente el suplemento deportivo.

BOBINA: Y ahí nomás la mano la hipnotizó, la agarró del cogote y se la llevó para el “telo”. ¡Dejate de joder! ¡Cómo se pueden tragar semejante sapo!

COLORADO: ¿Vos por qué no seguís leyendo?

BOBINA: ¡Pero quien no tiene sus ratones, papá, es lo más natural del mundo! ¿Acaso Héctor no sueña con voltearse a dos jugadoras de hockey mientras lo cagan a cintazos?

GORDO (ruborizándose): ¿Y eso que tiene que ver con lo que está contando?

BOBINA: Que todos tenemos a nuestro degenerado oculto, Gordo, que es lo más natural del mundo. Por eso digo que éste tiene que asumirlo: si ahora lo calienta una de la tercera edad, que lo caliente una de la tercera edad y dejémonos de tanto verso.

LUIS: ¡Por qué no te vas a la concha de tu madre!

LUIS salta de la silla y se le va al humo, entre el COLORADO y el GORDO lo sostienen. El Bobina, estupefacto, retrocede hacia la barra.

MARIO: ¡Pará! No le des bola.

LUIS: ¿Pero quién invita a la mesa a este boludo?

GORDO: Es un tarado, un resentido. Haceme caso: vos no te calentés.

LUIS se estira las mangas de la campera, termina de un trago el fernet y mira la hora.

LUIS: Bueno, resumiendo, esta señora Martirio me cuenta que a ella también la habían operado el veintitres de mayo, el mismo día que a mí y en la misma clínica. La había mordido un perro y tuvieron que hacerle un implante de glándula mamaria.
Había ido a averiguar y para su operación habían utilizado la teta de una donante que había sufrido un accidente fatal un par de horas antes, el mismo accidente en el que había fallecido el donante de mi mano, y que ambos habían resultado ser marido y mujer.

El COLORADO y el GORDO abren la boca como dos pescados.

MARIO: ¡Increíble!   

LUIS (satisfecho del efecto logrado):
Con la importancia que en mi vida tiene el amor, se imaginarán que cuando aclaramos la situación supe que había que hacer todo lo posible para permitir ese reencuentro.
 
COLORADO: Más vale.

MARIO: Hiciste muy bien.

LUIS: Entonces la vieja dijo que por esa plaza pasaba mucha gente conocida, que no estaría bien visto que nos viesen, yo entonces propuse ir a un lugar más privado y ahí surgió lo del “telo”. Nos encontramos
los jueves de seis a siete de la tarde, pedimos una pieza, nos recostamos en la cama,  mientras la mano y la teta se entienden, yo leo el Grafico o miro alguna película, y la vieja teje cosas para sus nietos.

LUIS se estira en la silla dando por concluida la historia.

GORDO: Un acto de amor más allá de la muerte.

LUIS: Vos lo dijiste.
 
Pausa. El COLORADO alza de la mesa la mano del Luis y se la estrecha con solemnidad.

COLORADO: ¡Impresionante, varón, te juro que me hiciste saltar las lágrimas!

Quedan en silencio, reflexivos, de golpe se escucha la voz del BOBINA desde la otra punta de la barra.

BOBINA: Che, Luis, entonces: si estaban ustedes dos, la teta de esa mujer y la mano del otro: cuando te clavaste a la vieja la cosa se hizo orgía.

LUIS salta de la silla y corre hacia el BOBINA, que sale a velocidad por la puerta rumbo a la calle. El GORDO, el COLORADO y MARIO se asoman a las vidrieras para observar la persecución.

COLORADO: Qué no corra así. A ver si le hace mal a la mano.

MARIO: Igual no lo va alcanzar ni a palos.

GORDO: ¡Qué jugador este Luis! ¡Qué maestro!... ¿Vos le crees?

COLORADO: ¡Más vale! ¿Vos no?

APAGÓN